Por Max Villareal
A Maximiliano, mi papá chato… donde quiera que estés…
PARTE UNO.
EL VIRÓN.
Reyes, un zapatero remendón mejor conocido en el barrio por el mote de "El Virón", ejercía su oficio desde muy pequeño, oficio que aprendió al lado de su padre con el cual lo practicaba en un pequeño taller familiar adaptado en la entrada de su casa ubicada en una colonia de la ciudad de Guanajuato. A la edad de cinco años quedó huérfano al morir su madre de un mal no determinado. El padre, al volver a juntarse con otra mujer, ésta les hizo la vida imposible a Reyes y a sus dos hermanos menores. Debido al comportamiento de la madrastra, muy drástica con ellos, motivó que Reyes abandonara a la familia, abordando un camión que transportaba jitomates hacia la ciudad de México. Como machetero, a la edad de dieciséis años, llegó al barrio de
Durmiendo entre las lonas de los camiones que utilizaban para tapar las cargas, ora estibando los camiones, ora descargándolos, ora haciendo mandados o cargando bultos para toda la zona de bodegas que abrían sus puertas en la zona del mercado de
Don Chinto, un anciano zapatero, con su puesto móvil colocado sobre la acera en la confluencia de las calles de Corregidora y Santa Escuela, padecía cataratas que le imposibilitaban seguir trabajando. Solo y enfermo, vivía en una vecindad por las calles de Juan de
Todos los días rondando las diez de la mañana, llegaba a la esquina con su puesto de trabajo. Éste consistía en un gran cajón de madera, abierto por uno de sus laterales largos, donde estaban unos cajones para almacenar los tacones de hule, los clavos, tachuelas, hilos, pegamento y demás accesorios necesarios para su oficio. El espacio inferior quedaba el espacio para guardar las piezas de suela y carnaza, una tabla de trabajo y dos bancos, uno para él y otro para sus clientes. El cajón en lugar de patas le había adaptado unos baleros de auto que funcionaban como ruedas que le facilitaba su movimiento. El cajón todo pintado de rojo, tenía un rótulo: “Reparación de calzado El Virón”; de allí provenía su apodo.
Su jornada de trabajo terminaba siempre antes de oscurecer. Guardaba sus implementos, se levantaba y a empujar su puesto varias cuadras rumbo a su vivienda. Al llegar a la esquina de la calle donde vivía se encontraba una pulquería nombrada con un discreto letrero: “Juan sin Miedo”. Reyes entraba a libar la bebida que se acostumbró a tomar todos los días, desde que se volvió zapatero, el rico pulque blanco, natural, dejando estacionado su puesto justo a la puerta de la pulquería. Nadie osaba robarle, primero por ser muy conocido y segundo por temor, ya que sabían que manejaba muy bien la chaira al verlo pelear muchas veces, saliendo de las riñas bien librado.
Una noche poco antes de que cerraran
Muy de mañana sacaba una mesa, luego dos botes alcoholeros uno con agua limpia y el otro con jarros de barro. Una olla muy grande, dos botes tamaleros, un anafre con su carbón y una banca de madera larga. Todo el equipo lo instalaba sobre la acera de la calle donde vivía con esquina a la plazoleta de
Terminada la venta, recogía sus enseres y regresaba a su casa después de las nueve de la mañana. Le daba de desayunar a su esposo y en seguida que éste salía atrabajar, se esmeraba en la preparación de la comida diaria. Luego partía al mercado para comprar los ingredientes necesarios para preparar los tamales y el atole. A su regreso, continuaba con los quehaceres diarios de la casa.
A las dos de la tarde le llevaba de comer a su esposo en la esquina donde trabajaba. Previamente, pasaba a la Pulquería para comprar un litro llevando un envase de vidrio de la medida, de aquellas botellas para leche que traían grabado en el cuello del recipiente, la leyenda: “Un litro a la base de la corona”; botella que le colocaban un arillo y una asa metálica para facilitar su manejo. Comían juntos sentados cada uno en el banco respectivo y colocaba los platos sobre la tabla de madera que hacía las funciones de mesa, colocándole un periódico como mantel. Al terminar de comer, limpiaba los platos y la escamocha sobrante se la daba a una perra que puntualmente llegaba a la hora de la comida y que vorazmente devoraba, en la orilla de la guarnición de la acera. Regresaba a la casa, alistaba nuevamente los productos para la venta y a las seis de la tarde sacaba todo su equipo y estaba presta para vender sus tamales y el atole, en el mismo sitio que ocupaba por las mañanas.
Flavia ya conocía el negocio cuando vivía en la colonia Agua Azul, una de las primeras en asentarse en los límites con el Estado de México. Después de diez años de casada, su marido en continuo pleito con ella, dejó de darle el dinero para su gasto, no importándole esta actitud, ya que luchona y trabajadora, encontró su modus vivendi con la venta de tamales y atole.
Los pleitos entre la pareja aumentaron de tono, sobre todo cuando Flavia se enteró de que su marido tenía otra mujer con la había procreado un hijo. Ella, imposibilitada para fecundar, ya que después de muchos análisis le diagnosticaron que era estéril; cuando tuvo el último pleito con él y al gritarle el hombre que ella era una mula y arremeterla a golpes, tomó la decisión de separarse. Juntó toda la ropa y las pertenencias del esposo metiéndolas en dos costales que se los arrojó a sus pies, cuando él hizo acto de presencia. Lo corrió de la casa. A partir de este momento dedicó su vida a trabajar duramente con la venta de sus productos que tan deliciosamente preparaba. Divorcio no hubo, puesto que nunca se casaron: Flavia muy jovencita, abandonó su hogar para irse a vivir con el hombre que ahora, alejaba de su vida.
Conoció a su nuevo esposo cuando fue al mercado de
Los viajes de Flavia al mercado se sucedieron con más frecuencia y de la inicial plática entre cliente y zapatero, luego de un período de amistad, pasaron a un breve noviazgo y a las pocas semanas de conocerse, Reyes, soltero y sin compromisos, le propuso a Flavia que juntaran sus vidas y ella, muy gustosa y satisfecha por que su plan había dado resultados, se fue a vivir con él iniciando una larga unión que pese a tantos sinsabores, se mantuvo muy unida.
Si Reyes regresaba a casa antes de las ocho, encerraba el puesto en su vivienda e iba por Flavia, para ayudarle a levantar el merendero ambulante. Si no, ella recogía todo, lo guardaba en casa e iba por Reyes a la Pulquería, tanto para cuidarlo evitando que se inmiscuyera en una riña, tanto para evitar que tomara mucho pulque.
Esa noche llegaron juntos a la puerta de la vecindad, notando Flavia que llegaba pasado de bebidas. Reyes, rápidamente, como nunca lo había hecho, entró primero con su puesto sin ayudarle a Flavia con el equipo tamalero. Extrañada, entrando a la vivienda le preguntó:
--¿Qué pasa viejo? ¿Por qué tanta prisa?
--¡Calla Flavia! Habla más quedito… -Susurrando le dijo-: Mira lo que traigo… ¡Él solito se metió! –Flavia se agachó, metió sus manos bajo el cuerpecito, lo sacó del puesto y arrullándolo entre sus brazos, mirándolo arrobada, exclamó:
--¡Es un niño… qué bonito está!
--¿Qué vamos a hacer con él? –Preguntó Reyes.
--Por lo mientras, esta noche nos quedaremos con él. Ha de tener hambre; ya mañana… Dios dirá. Flavia lo abrazó con ternura, hablándole con mucho cariño. Sin dejarlo de cargar, le indicó a Reyes que pusiera un bote con agua sobre la estufa y prendiera la flama para calentarla. Le quitó la ropita para lavarla y una vez bañadito, le colocó un camisón que habilitó con un pedazo de lana. El niño empezó a llorar preguntando con su vocecita a media lengua: --Quiero a mi bulito… ¡Dónde está mi bulito? –Flavia lo tranquilizó, le dio de comer un pedazo de tamal de dulce y un poco de atole y se recostó con el niño. En unos instantes, el niño se durmió. Ella se levantó y lo miró con los ojos colmados de lágrimas; San Judas le había hecho el milagro por tantos años pedido y esperado: ¡Era el hijo que siempre había deseado tener! Se hincó ante su imagen y agradecida, empezó a rezar.
CHONA
Contra esquina de donde se instalaba el zapatero, una mujer chaparra, morena, regordeta, con un amplio vientre producto de muchos embarazos; vientre que se hacía más prominente por el delantal en cuyas bolsas guardaba el dinero de las ventas, montaba su puesto de comidas. En el barrio era conocida como Chona, la fondera.
Las enormes cazuelas colocadas sobre los anafres; otras, conteniendo los alimentos ya calientes, estaban sobre una mesa grande, mesa que estaba rodeada por dos largas bancas de madera para que los parroquianos se sentaran a degustar los exquisitos guisos que Chona preparaba. Un toldo para guarecerse del inclemente sol y de las lluvias, construido con una colcha roja amarrada a dos postes de madera y con unos mecates a los barandales de los balcones de la casa anexa.
Estando ya dando servicio, Chona vio pasar a un señor ya entrado en años, bien vestido, tomando de la mano a un pequeño niño. Escuchó cuando el niño le dijo al señor cuando vio la comida, que ya tenía hambre y cuando el señor le contestó diciéndole que se esperara que una vez que salieran de misa, comerían porque ya se les había hecho tarde. Los siguió con la mirada apurando el paso hasta que desaparecieron de su vista al dar vuelta en la siguiente esquina. Pensó, que por la edad del señor, el niño no sería su hijo si no más bien, debería ser su nieto.
Pasada un poco más de una hora, vio llegar al mismo señor pero con el semblante muy alterado, acercándose a ella. Creyó que le pediría el alimento para el niño; pero escuchó lo que no se imaginaba: --Señora, ¿de casualidad no vio pasar a un niño como de…?
--¡Ah! ¿El mismo con el que pasó usted hace rato?
--¿Nos vio pasar? Fíjese que se me escapó de la mano y no lo encuentro, ¿no lo vio pasar por aquí?
--No señor, por aquí no ha pasado; no obstante de que tengo mucho trabajo, estoy atenta a todo. Si lo veo, lo detengo o si sé algo de él, ¿dónde le aviso?
La mañana siguiente, cuando lavaba a cepillazos la acera dentro del área de su puesto, estando ya listos los guisos en las cazuelas para quien gustara almorzar, un camión urbano de la ruta Juárez Loreto cuyo recorrido lo efectuaba por la calle de Corregidora, el chofer perdió el control del vehículo proyectándose contra el puesto de comidas. Chona fue aplastada contra la pared anexa al puesto. El espectáculo fue grandioso por la cantidad de gente que se arremolinó tratando de no perder detalle del accidente. Al retirar el camión, el cuerpo de la fondera, pese a su corta estatura, yacía sobre la acera recostada contra la pared, totalmente empapada con litros de una mezcla de sangre y mole, al formarse una mezcolanza viscosa entre su humor sanguíneo y el contenido de la cazuela molera, cazuela que hecha guijarros quedó sobre el pequeño y destrozado cuerpo de Chona.
EL VIRÓN.
--Viejo, creo que debemos entregarlo a la policía. –Flavia, al regresar de su venta matutina, en cuanto cruzó la puerta de su vivienda, le dijo a su esposo lo que se le había ocurrido. El niño que apenas despertaba después de pasar una noche tranquila, la primera noche al lado de la pareja, al levantarlo de la cama y tenerlo entre sus brazos, no estuvo muy convencida de sus palabras. Al entregarlo, se perdería la oportunidad de tener un hijo y era lo que menos esperaba, separarse del pequeño.
--¡Cómo crees!, conoces mis antecedentes, me presento ante la chota y me van a tildar de roba chicos. La cosa esta que arde por el secuestro del niño Bohigas… de santos de presento y de seguro me cargan el muertito al verme con este niño. No, no creo que sea lo más conveniente…
En silencio, comprendiendo las razones de su esposo, Flavia vistió al niño con la ropita que por la mañana le había comprado a la abonera que rutinariamente recorría el barrio. Luego les sirvió de desayunar a ambos y mientras ingerían sus alimentos, Reyes continuó hablando proponiéndole una solución a la callada mujer:
--Mejor me lo llevo a la chamba. Lo siento a mi lado y si alguien lo anda buscando, se los entrego diciéndoles que el niño llegó solito y se los estoy cuidando para que no se pierda o para que no se lo roben… ¿Qué te parece? –Asintiendo aún en silencio, Flavia le limpió la carita y diciéndole que lo llevarían a pasear, lo introdujo en el hueco del puesto y Reyes, de inmediato salió rumbo a su trabajo. Al llegar a su esquina de costumbre, todo el crucero estaba atiborrado de gente, recibiendo la información del suceso de sus vecinos, sin preguntar: Un camión que se estrelló contra el puesto de Chona la fondera, se la llevó de viaje contra la pared, matándola instantáneamente.
A la hora de la comida Flavia llegó puntualmente y lo primero que hizo fue desatar al niño. Reyes, uniendo varias tiras de cuero formó una correa para atar al pequeño. Una punta la clavó al puesto y la otra la amarró a los tirantes del pantaloncito para que lo asiera, así, si el niño desaparecía de su vista al estar desempeñando su oficio, no perdería su control. Flavia les sirvió la comida sobre la tabla adaptada y terminando, cargó al niño y regresó con él a la vecindad. A las preguntas inquisidoras de la portera y dos vecinas que se cruzaron en el patio, aparentando toda la tranquilidad del mundo, contestó:
--Mi hermana nos lo encargó. Fue al puesto de mi viejo y allí nos lo dejó… Porque va a alcanzar a su marido que se fue de bracero. Voy a tenerlo un tiempo mientras regresa o me escribe remitiéndome el dinero suficiente para que se lo lleve hasta la frontera…
El niño, a los pocos días de su estancia al lado de la pareja, se acostumbró a su nueva vida. Por las mañanas acompañaba a Reyes en su trabajo. Por las tardes primero en casa y luego en la venta vespertina de tamales, permanecía al lado de Flavia. Todavía pensando que alguien pudiera pasar a su lado, verlo y reconocerlo, tomaba un poco de grasa negra para bolear los zapatos y embadurnar ligeramente se carita y sus brazos, para que pareciera más morenito y no pudieran reconocerlo. Así, la llegada del niño junto a la pareja, los hizo unirse más y vivir con felicidad, la que a Flavia se le notaba que respiraba por todos sus poros al sentirse la madre de un niño que por la naturaleza le estuvo prohibido engendrar. El trabajo se le incrementó a Reyes y a Flavia, la venta de sus productos la terminaba al poco tiempo de salir a venderlos. El zapatero muy convencido decía que el niño llegó con una torta muy grande bajo su brazo y que con sus ingresos y los de Flavia, podían criar muy bien al pequeño. No le faltaría nada.
EL PAÑOSO.
--¡Quiúbo Reyes, mi buen Virón…! Vas a disparar o disparo yo. –Sentándose junto a Reyes compartiendo la misma mesa en la Pulquería y haciendo un ademán al aire formando varios círculos con el dedo índice apuntando hacia la mesa, Pancho el Pañoso, el mejor mete manos del barrio, llamó al jicarero:
--¡Sírvele lo que está tomando el buen Virón! Y para mí me sirves un curadito de alfalfa estomacal porque acabo de comer y me siento muy lleno. –Servido el pedido, chocando sus vasos cacarizos y bebiendo a la voz previa de ¡Salud!, en cuanto dejaron los vasos sobre la mesa, de sopetón y que le hizo abrir los ojos por el asombro, el Pañoso le dijo:
--Conozco a tu chavo mi Virón, ése no es tu hijo. –Calmándose Reyes, mirándolo de reojo, contestó:
--¡Claro que no es mi hijo, es sobrino de
--Mira Virón, este chavo lo traía un viejo, yo lo seguía, era mi gil. Todos los días acudía al templo de San Pablo. Allí lo conocí. El ruco siempre andaba de parada con un buen tacuche y le brillaba la marmaja, yo se la guaché cuando sacó su billetera para pagarle un pabellón al chavo. En la primera oportunidad que tuve le di un arrimón sin poderle escamotear la molleja de su chaleco; la leontina se le atoró en un botón y chafié. Una vez a la semana se descolgaba por acá, al barrio, a la iglesia de
--El viejo lo buscó por todos lados. Les pagó a varios muchachos para que le ayudaran a buscarlo; pero éstos no hicieron nada, sólo recibieron la lana y se hicieron los occisos. Después de mucho buscar sin resultados, se regresó por la misma calle donde llegó preguntándole a cada uno de los puesteros. Al legar a General Anaya, le dieron razón que una pepenadora pasó cargando un chamaco con las mismas características que el detallaba con rumbo a Balbuena. Metiéndole la pata se dirigió para allá y no dio con ella. Desesperado, se regresó a la misma iglesia para volver a recorrer donde se peló el chamaco. Unos batos le dijeron que por
--¿Y qué pretendes al contarme todo ese rollo, Pancho?
--Que me entiendas carnal, necesito una lana, tápame la buchaca, tú sabes que la tira me trae…
--¿Y si les doy el chivatazo de lo que hiciste?
--No te conviene carnal. Tenemos cola que nos pisen y además, perderías al chavo. Yo les daba el pitazo de que tienes un chavo que no es tuyo. La chota te acusaría de roba chicos e irías directo al tambo y por otra, aunque no dieras el chivatazo, si no me pones a mano, conozco el chante donde vivía el viejo y tenlo por seguro que voy y les digo donde tienes al niño y de seguro me gano una buena lana como recompensa. Tú saldrías perdiendo de todas formas. Piénsalo bien, carnal.
Reyes continuó callado, pensativo, con la mirada fija en la mesa jugueteando con el vaso ya vacío. El Pañoso, pidió otra ronda, libó de su vaso y continuó explicando:
--Como te dije, la tira me trae jodido. Le tengo que entrar con mi cuerno cada sábado para que me dejen trabajar, si no lo hago, me enchiqueran… No necesito mucha feria, con tu cooperacha me sacas de la bronca. Estos últimos días me ha ido mal, no ha caído un cliente con lana, puros centaveros he apañado.
--¿Y dónde te reúnes con los tecolotes?
--No son tecolotes, son tiras, son de
--Bueno… El sábado es el día que me va mejor. Te llevo lo que caiga y lo que junte en toda la semana. Pero te lo aviso, sólo será una sola vez y será una buena lana, no me vas a estar jodiendo cada vez que se te hinchen. Me conoces y sabes que soy de palabra. Nos vemos en esa esquina el sábado después de cierre el changarro y le ayude a
..¿Te cae? –Preguntó el Pañoso-, ¡Me cae! -Contestó Reyes.
--No se hable más… ¡Ahí nos vemos, mi buen Virón! –Levantándose de la mesa sin pagar la cuenta, Pancho el Pañoso salió muy campante de
El domingo en la madrugada, la ronda de policías uniformados, los tecolotes, encontraron en la esquina de
JOVITA
Colocando las manos abiertas sobre el pecho con las palmas hacia dentro, luego separándolas unos quince centímetros del mismo pecho y engarruñando los dedos, es una manera de representar a una mujer que tiene los pechos muy grandes. También podría indicar a una mujer que padezca artritis reumatoide llamándosele en forma coloquial, que la mujer está tullida. Considerándose por analogía, que tullida o chichona con respecto a la mujer, son sinónimos.
Jovita no era una mujer guapa; pero en su cuerpo destacaban unos enormes senos, descomunales, convirtiendo su cuerpo en una verdadera tentación para los varones. Usaba para medio ocultarlos, unas blusas holgadas o de talla más grande, aunque cuando trabajaba usaba amplios escotes que le permitían lucir sus grandes atributos. Sus compañeras del talón, todas prostitutas, la conocían sólo por su apodo, la llamaban
Jovita trabajaba únicamente de martes a sábado y sólo recibía un cliente por día, al que le cobraba el doble de lo que cobraban sus compañeras, clientes que gustosamente pagaban por estar con la mujer de senos prominentes. Con lo obtenido semanariamente satisfacía todas sus necesidades. Al llegar el sábado y en cuanto concluía su trabajo, partía hacia un lejano pueblo del Valle del Mezquital. Allá pasaba todo el domingo con sus hijos y el lunes regresaba al barrio, preparaba su ropa, las prendas de cama y el martes a darle duro al talón. El jueves muy temprano, día de visita, se dirigía al penal de Lecumberri para reunirse con su esposo y si había lugar y tiempo, una vez que cubría el pago obligatorio a los encargados, se efectuaba su visita conyugal. Saliendo del penal, de inmediato se trasladaba al barrio para ejercer su oficio horizontal.
Su marido estaba sentenciado a dos años de prisión por un homicidio involuntario. Él, trabajando como chofer de los autobuses de
Ese sábado era su postrer día. Recibiría al cliente acostumbrado y regresaría a su pueblo. Arreglaría su vivienda y prepararía a sus hijos para salir, por que el lunes a primera hora debería estar en la penitenciaría por que su esposo saldría libre y volvería a integrarse la familia al retornar todos juntos a su tierra. Se olvidaría de su vida de prostituta, vida que ni su cónyuge ni nadie de su pueblo se enteraron de que la había ejercido. Ese sábado le diría adiós al barrio de
Pasado el mediodía, de entre todos los feligreses que salían de misa, se le acercó un posible cliente. Un hombre viejo acompañado de un niño. Al pasar junto a ella los ojos del hombre se centraron en su desmesurado pecho y Jovita, con la experiencia adquirida sabía que con esa mirada el hombre la deseaba. Sin dejarlo pasar, le llamó, insinuándosele:
--¿Vamos moreno?
--No puedo, vengo con mi hijo. –Sin dejar de verle los senos, le contestó.
--Si quieres, no lo hacemos aquí, vamos al hotel, allá tengo quien lo cuide. La recamarera se hará cargo del niño mientras nos agasajamos. Es mi amiga y es de mucha confianza… ¡Ándale, anímate, te voy a tratar muy bien!
--Muy bien, vamos; pero adelántese, yo le sigo. –Esperó que diera unos veinte pasos y fue tras ella, admirando el trasero que con voluptuosos movimientos lo incitaba más a estar con ella.
--¡Hala mujer! Después de ti, ninguna mujer alcanzó pechos, tú los recibisteis todos. ¡Benditos los hijos que habéis amamantado!
Intranquila por que el viejo no llegaba, furiosa salió a la calle a buscarlo. Lo vio cerca de la iglesia y directa fue a armarle una bronca si no le pagaba. Al estar frente a él, le exigió lo que habían pactado y el viejo, apesadumbrado le contó que su hijo se le había escapado de la mano, que se había extraviado y lo andaba buscando, que ese era el motivo porque no llegó al hotel. Sin chistar, sacó su cartera y le pagó lo que la mujer le pidió.
Jovita, la mujer mejor conocida
JUANA Y
El niño corrió asustado a todo lo que daban sus piernitas hacia el puesterío de la calle de Rosario. Tras de uno de los puestos se detuvo volteando para ver si venía su abuelo siguiéndolo, y no lo vio. Se regresó a la iglesia por un costado de sus altos muros, escondiéndose entre los salientes de los contrafuertes; entonces, vio a su abuelo que silbando y pronunciando su nombre, lo buscaba. Salió de su escondite y se encaminó hacia él, cuando volvió a escuchar el estruendoso silbato de la locomotora y nuevamente, espantado corrió hacia los puestos ocultándose entre dos de ellos. Hincado, jugando con sus canicas, se mantuvo durante largo tiempo; luego, pensando que la máquina ya no pitaría, regresó a buscar a su abuelo y, ya no lo encontró… Sin sentir miedo y pensando que su abuelo había regresado a la casa, creyendo reconocer la calle llena de puestos por donde habían llegado, dirigió sus pasitos hacia donde imaginaba, estaba su hogar.
Al cruzar la calle de Corregidora, un famélico perro que roía un hueso, al pasar junto a él, trató de morderlo. Empavorecido y gritó y corrió con rumbo a San Ciprián. Al detener su carrera y mirar alrededor desconoció donde se encontraba. Se había perdido y sentándose en la guarnición de la acera, empezó a llorar.
Una mujer que pasó en ese momento junto al niño y al escucharlo llorar, se detuvo y dejando a un lado un costal con desperdicios de cartón, lo levantó. Se descubrió de su rebozo y con el tapó al niño, lo levantó y anudando las puntas tras darle una vuelta a su cintura, para poder cargarlo y quedarle las manos libres para poder seguir, ahora, arrastrando su costal. Juana era una típica pepenadora de las muchas que pululan en el barrio y viven de la venta de los desperdicios industriales que arrojan las bodegas y comercios de la zona. Hablándole con cariño, consoló al niño y éste, cansado, se durmió en su regazo.
Como pudo, con las dos cargas, el niño y el costal, llegó a entregar el contenido de su costal al depósito de basura de la plaza General Anaya. A cambio después de pesar el cartón, le entregaron unos pesos y se retiró con la intención de buscar de quien era el niño; pero el pequeño despertó y en su media lengua dijo que tenía hambre. De inmediato le compró un poco de leche y una pieza de pan dulce, dándoselos a comer y mientras el niño apuraba su alimento, lo miró con arrobación, diciendo para sí: --¡Está rechulo el escuincle! Mejor me lo quedo y me servirá de compañía en mi soledad…
Siguió caminando por el barrio tomando el rumbo que la conduciría a su casa: un jacal de cartón y láminas viejas y oxidadas de botes alcoholeros, ubicado en una ciudad perdida localizada entre el canal del desagüe y el penal de Lecumberri, justo antes de la colonia Juan Polainas. Al cruzar las vías del ferrocarril que salían de la estación de San Lázaro, se encontró con una vecina y compañera de trabajo, pepenadora también, conocida por el apodo de “
--¡Ora sí mana! Me vas a dejar que te ayude a cuidarlo, lo mantendremos entre las dos y ambos seremos sus mamases… Que dices Juana, ¿estás de acuerdo?
No pudo contestarle Juana ya que el encargado de la pulquería, luego de escuchar el pedido de las mujeres: dos tornillos de pulque blanco, al ver el bulto que cargaba una de las pepenadoras, exigente les dijo: --¡Hey, hey! No se permite entrar con niños aquí…
--Está dormidito mi hijo, todavía está muy chiquito, no seas malo Severiano, déjame tenerlo aquí conmigo…
--O lo dejas afuera o no hay pulque… tú dices Juana. –Toda su vida, acostumbradas a beber diariamente, les era imposible dejar de empinar el codo. Así que Juana, desembarazó al niño de su rebozo y casi dormido lo sentó en el umbral de la puerta de acceso. Empezaron a beber como habitualmente lo hacían sin nadie a quien cuidar y ya ebrias se olvidaron del niño. Éste, en una cabeceada cayó a gatas, sin levantarse gateó pegado a la pared dando vuelta a la esquina y se topó con un cajón de madera que estaba junto a la puerta de la pulquería para los parroquianos varones; aterido, vio un hueco cálido en el interior del cajón y se metió entre las suelas y los bancos. Acomodándose, se quedó dormido.
Juana y
--¡Mi hijo, dónde se quedó mi hijo! –
--¿Cual hijo Juana, si tú no tienes ninguno? –Trastabillando y tropezándose, queriendo correr impidiéndoselo el estado de ebriedad en que se encontraban; pero eso sí cuidando el garrafón para que no se les rompiera, llegaron a la afueras de la pulquería: ¡Nada! No había rastros de algún niño. Entre gritos, quejidos y lágrimas, Juana clamaba por su hijo:
--¡Ya me lo robaron, ya me lo robaron! -
--Ahora si tomaste pulque del muchachero y qué rápido te hizo un hijo… ¡Estás bien briaga Juana!
--¡No, yo traía a mi hijo…! ¡Lo traía en brazos y lo perdí!
--Mejor para olvidar tu pérdida, pégale un trago a mi teporocha y te servirá de desempance, porque de tanto pulque que has tomado, ya te ha hecho sentirte madre. –Extendiendo su brazo con el jarro en la mano, le ofreció la bebida y Juana, aceptándolo, tomó del brebaje.
Una hora más tarde, ya pasada la media noche, ambas mujeres se despidieron y juntas regresaron por el camino antes recorrido. Bien borrachas comenzaron a discutir por cuestión de amores:
Por la mañana encontraron a
Los cadáveres de las dos mujeres, unidas siempre en su vida paupérrima y ahora unidas en la muerte, se encontraban en la morgue. Sus cuerpos, sin que nadie los reclamara, unidas en un macabro abrazo, terminaron en la fosa común.
Una honda preocupación reflejaba el rostro de la abuela. Desde las once de la mañana, hora en que salió la pareja, abuelo y nieto, rumbo a la iglesia a escuchar la misa de medio día y ya frisando las diez de noche, aún no regresaban. En cuanto llegó de trabajar el padre del niño, la abuela hecha un mar de lágrimas lo puso al tanto de la ausencia, diciéndole que siempre salían a caminar por la ciudad, después de ir a misa a San Pablo y que lo más tarde que regresaban era alrededor de las seis de la tarde. De inmediato el padre acudió a la casa de su hermano y conduciendo su auto empezaron a buscar recorriendo los posibles lugares donde pudieran estar: Los alrededores de la iglesia de San Pablo; los domicilios de los familiares cercanos; las delegaciones por si el abuelo estuviera detenido; luego las instituciones de
Cerca de las dos de la mañana tuvieron noticias; pero sólo del abuelo. Un policía a bordo de una patrulla llegó a avisarles que una persona, con el nombre anotado en el parte policiaco, se encontraba el puesto de socorros de Balbuena, ubicado dentro del parque Venustiano Carranza.
El velador de
El puesto de socorros de Balbuena, servía sólo para eso: puro socorro; pues sin medicamentos ni instrumental quirúrgico para atender lesiones graves que requerían operación, nada pudieron hacer cuando recibieron al herido, muy grave y desangrado. Una vez que le retiraron sus ropas, al efectuar la asepsia de la región penetrada, un paro cardiaco dio fin a la vida del lesionado.
El practicante de guardia, responsable junto con una enfermera de la atención médica del puesto de socorros, notificó a los policías y éstos al Ministerio Público de la segunda agencia, la defunción. Al practicar las primeras investigaciones, los agentes revisaron su ropa y una cartera que el velador encontró tirada a un lado del lesionado. Sin ningún objeto de valor y sin dinero en la cartera, dedujeron que el robo fue el móvil del asesinato y entre los documentos que la cartera traía, encontraron una credencial con foto, nombre y domicilio de la víctima. El Ministerio ordenó a un policía a su cargo, que acudiera a ratificar el domicilio del fallecido y en caso de ser afirmativo, notificar a los parientes para que se presentaran a reconocer el cadáver.
Los dos hermanos, afligidos, reconocieron a su padre y de inmediato preguntaron por el niño que le hacia compañía; pero nadie sabía nada. Al herido, les dijeron los policías que lo habían trasladado solo y el velador les confirmó el parte policiaco: el herido estaba tirado en la acera sin ningún niño.
Por la mañana, luego de estar al lado del cadáver durante su traslado a la morgue para la autopsia de ley, los dos hermanos, sin dormir, continuaron su búsqueda por los alrededores de la casa: San Pablo, Santo Tomás, la calle de Carretones,
Una señora les informó que días pasados, pasó por el barrio, un grupo de húngaros (así les llamaban a las trouppe de gitanos), integrada por una muchacha bailando con una pandereta al ritmo de los instrumentos musicales que pulsaban los varones y las mujeres caminando entre los mirones, que por unas monedas adivinaban la suerte leyendo las palmas de las manos de los mentecatos que lo permitían. Estos grupos tenían la mala fama de robarse a los niños para incorporarlos a sus familias; por eso, cuando arribaban con su música, las madres escondían a sus hijos. Quizá, les recalcó la señora, ellos se robaron a su hijo.
La policía sólo se circunscribió a pedirles una foto del niño y a recomendarles que era preferible no investigaran sobre su paradero porque si lo hacían y se acercaban a los culpables, era probable que el roba chico, al saber que andaban tras sus pasos, mataría al menor. Que les dejaran a ellos la investigación ya que como policías, tenían la facilidad de efectuar su localización y que era mejor esperar a que pidieran una recompensa y entonces sí, al notificarles esta situación, al momento que se presentaran a recoger el dinero pedido, irían tras los maleantes. No obstante, la policía jamás entregó a la familia algún informe sobre sus pesquisas.
Nunca buscaron por el barrio de
Después del sepelio del abuelo, su esposa, por el dolor de perder al compañero de toda su vida y por el extravío de su nieto, que en realidad fue su hijo, al criarlo desde que fue abandonado por su madre a los pocos meses de nacido, no soportó tanto sufrimiento y se fue consumiendo rápidamente. Una verdadera tragedia enlutó a la familia cuando a escasos dos meses de la desgracia de perder a sus seres queridos, la abuela, entristecida y vacía de lágrimas… murió.
Dos años pasaron de aquellos funestos sucesos. Dos años que fueron toda felicidad para la pareja del zapatero y la tamalera. Los miedos y las angustias causados por la posible identificación del niño por sus familiares o por alguna persona que los conociera, se habían olvidado. El niño continuaba con su misma rutina. Por las mañanas acompañaba a Reyes en sus labores cotidianas, sentándolo a su lado y permitiéndole que boleara con más deseos que habilidad, el calzado recién terminado de arreglar. Por las tardes, al lado de Flavia en la venta de tamales… Pero, la felicidad de la pareja se vio truncada por la intranquilidad de Flavia, al carecer de los documentos del niño para inscribirlo en el Jardín de niños. No tenía la fe de bautizo ni mucho menos el acta de nacimiento, ¿cómo hacerle para obtenerlos?, tronándose los dedos le preguntó a Reyes y éste, menos enterado, no supo más que decirle que fuera con mucha discreción a preguntar a la iglesia. Flavia se dirigió, sola, a la iglesia de
Don José, el presbítero de la parroquia, un sacerdote amable, gordo, bonachón, consciente de las necesidades del pueblo y muy aficionado a las bebidas alcohólicas, al grado que toda su grey lo llamara de cariño: “Pepe Copitas”, sólo le pidió para bautizarlo que fuera acompañada por una persona que la conociera y atestiguara que el niño era suyo.
Reyes, por la mañana esperó en el patio de la vecindad a que saliera de su vivienda para dirigirse a trabajar, a Don Justino. El zapatero sabía que este señor trabajaba en el gobierno y era muy respetado por su buen carácter y humanismo, ayudando siempre a quien se lo pidiera. Don Justino, de figura alta, vistiendo constantemente un traje de color oscuro, imponía aparte respeto, cordialidad y confianza; pero las relaciones con los vecinos eran mínimas, no se metía ni hablaba con nadie si el vecino no tomaba la iniciativa de dirigirle la palabra.
En cuanto lo vio salir de su vivienda. Reyes le pidió el favor de que atestiguara el bautizo de su hijo y Don Justino, complaciente, aceptó, indicándole que llegaría a la iglesia por la tarde, directo de su trabajo, el día y la hora que hubieran acordado para realizar la ceremonia religiosa.
Pepe Copitas recibió a la pareja en el baptisterio de la iglesia y Flavia presentó a Don Justino como el testigo que había requerido. El párroco acomodó a los presentes y dirigiéndose al testigo, le preguntó:
--¿Y tú también hijo, vas a ser el padrino? -La pareja, sin saber que decir y mirándose a los ojos, no habían considerado la presencia de un padrino, ya que todos sus demás vecinos sabían que el niño no era suyo y posiblemente no atestiguarían ni apadrinarían la ceremonia. Asombrados escucharon a Don Justino, afirmar que sí lo sería. Luego, el padre le preguntó a Flavia:
--¿Y qué nombre le vamos a poner, hija mía? –Ambos se quedaron callados, hasta que Reyes abrió la boca y buscando con la mirada a Flavia, contestó:
--Pues quisiera que se llamara como yo, padrecito… Reyes.
--¿Qué día nació el niño? – Mintiendo, pues lo desconocía, nervioso le contestó al padre:
--El mismo día que yo nací, padrecito… el seis de enero, por eso me llamo Reyes…
--Bueno, Reyes no es un nombre muy cristiano; pero como el seis de enero se festeja
A la salida de la parroquia, llena de chiquillos pidiéndole el bolo acostumbrado, Don Justino les repartió todas la monedas que traía y Reyes, abrazándolo le agradeció su presencia al mismo tiempo que le pedía a su ahora, compadre:
--Don Justino, en el caso de que no acepten la fe de bautizo para inscribir a mi hijo en su escuelita, ¿podría usted ayudarnos para su registro civil?
--¡Claro compadre! Conozco y es mi amigo personal, el juez Cárdenas de la segunda delegación. Que le parece, de una vez, consígase otro testigo y el lunes próximo, pido permiso en el trabajo y nos vemos a las dos de la tarde en el registro civil, ¿de acuerdo?
El registro del niño se llevó sin contratiempo y sin problemas por su presentación extemporánea. En la puerta de la oficina, antes de salir, la pareja les dio las gracias a su compadre y a Rufino, el jicarero de la pulquería, que fungió como el segundo testigo, por el favor de su presencia y los invitó a comer en su casa, el delicioso mole que Flavia se había esmerado en preparar para festejar tan conmemorativo día. Flavia, abrazando a Reyes, con el niño cargado entre los dos y con el semblante irradiando felicidad, le susurró al oído:
--Ahora sí, viejo, el niño es… ¡Nuestro legítimo hijo!
PARTE DOS.
EPIFANIO REYES.
Epifanio ingresó al Kinder y al año siguiente a la escuela primaria “Las Palomas” ubicada en las calles de General Anaya. Mostrando buena inteligencia muy pronto aprendió a leer y escribir con facilidad y manifestó ser muy hábil para la aritmética. Durante todo el curso primario, continuó haciendo la misma rutina que cuando era pequeño. Al salir de la escuela, boleaba los zapatos con un cajón de bolero que Reyes le hizo y aparte de bolear el calzado que arreglaba su padre, le permitía que aseara los zapatos de los transeúntes que pasaban por el lugar; pero eso sí, siempre a un lado del puesto no permitiéndole que deambulara por el barrio. Al llegar Flavia, comían los tres y enseguida regresaba a casa en su compañía, hacía su tarea escolar y posteriormente salía hacia el puesto de tamales para ayudarle a su madre.
Con buen promedio ingresó a la secundaria en el plantel ubicado en las calles de Regina y, conociendo los comerciantes su habilidad para hacer cuentas, consiguió trabajo vespertino en una tienda de abarrotes; luego de morrongo en una carnicería; dejando de asistir al puesto de su padre. El dinero cobrado, íntegro se lo daba a su madre y ella le regresaba lo suficiente para sus gastos escolares y lo de su domingo obligatorio.
Terminó sus estudios secundarios y en la fiesta de fin de cursos, Reyes y Flavia, muy felices y satisfechos por la educación de Epifanio, recibieron en sus manos el certificado de estudios y un diploma de excelencia por su aprovechamiento. Durante el período de vacaciones, antes de ingresar al bachillerato, entró a trabajar de tiempo completo en una bodega de dulces por la zona de Ampudia, cobrando un buen sueldo. Flavia sólo aceptó que le diera la mitad de sus ingresos y al tener dinero en su bolsillo y el gusto de poder gastarlo en lo que quisiera, ya no quiso seguir estudiando, prefiriendo mejor trabajar, ahorrar lo que más pudiera y comenzar a vivir su propia vida.
La plazoleta de
Toda la plazoleta, todos los días, de las diez de la mañana hasta las nueve y los sábados hasta las once de la noche, hervía de mujeres de la vida galante. Entre ellas destacaba la que era su líder:
PIFAS.
El barrio era muy proclive entre todos los varones: niños, jóvenes y adultos, a consumir mariguana fumándola, ya que el centro de distribución de la yerba para toda la ciudad, se encontraba en las calles de Abraham Olvera, justo en el barrio de
A Epifanio no le gustaba su nombre ni su trabajo. A las mujeres les pedía que lo llamaran por el diminutivo de su nombre: “Epi”, tatuándose la apócope sobre la figura de un puma en el hombro izquierdo; mientras, entre toda la broza de sus amigos lo llamaban “El Pifas”. Él deseaba trabajar en el gobierno, ser funcionario público como lo era su padrino; para lo cual intentó estudiar en una Academia para capacitarse en el manejo de todas las máquinas de oficina; pero los horarios le eran incompatibles con su trabajo y por tanto no pudo estudiar, puesto que tendría que dejar de trabajar y eso, al mermar sus ingresos, con menos dinero habría menos diversión y todo, menos dejar de parrandear… Y el aprendizaje le llegó de una manera circunstancial, en uno de los antros de prostitución.
Ramira, una mujer guapa, de baja estatura, cuyo cuerpo con una cintura estrecha y amplia cadera y pechos voluminosos, formas que le daban el parecido de un instrumento musical, la apodaban “
La busca de un empleo nuevo se volvió una vía crucis para Ramira, enfrentándose siempre con la misma opción: Para obtener la vacante necesitada tenía que pasar por las armas del contratante o del jefe o del director de recursos humanos; pero siempre la opción era trabajo a cambio de dar las nalgas. Así, dando tumbos y traspiés, llegó a trabajar al Siboney, el cabaret del barrio, prefiriendo ahora, de la cama gratis obligada a dar, a la cama con buena paga que recibía de los clientes numerosos que acudían al cabaret.
BERNA.
Una tarde, sin imaginarse que el hecho tuviera tal relevancia obligándole a renunciar por algún tiempo a su vida disipada, próximo a cerrar la bodega, llegó una muchacha como cliente. Jamás había tenido ojos para fijarse en las jóvenes de su edad, por vivir su tiempo libre dedicado a compartir la vida nocturna de las mujeres galantes. Al ver a la muchacha, sintió un dolor en la boca del estómago, la garganta se le secó, el pulso se le alteró y tartamudeando, le preguntó:
--¿En qué… qué, le pue…puedo, servir? –Ella lo miró a los ojos y bajó la vista. Pidió lo que necesitaba y torpemente le despachó. Nunca antes había pasado por su mente el llegar a tener una novia y estaba frente a él, una oportunidad. La muchacha muy bella, le agradaba… Al regresar las monedas de cambio por la mercancía surtida, le tomó la mano y antes que se diera cuenta la señora que la acompañaba, posiblemente su madre, le musitó:
--¿Cómo te llamas?, -respondiéndole muy suave, con una voz armoniosa y susurrante:
--Me llamo Berna.
Juncal su cintura, hermosas piernas bien torneadas, pecho discreto con pezones apuntando al cielo, cadera resbalada formando un trasero pomposo, abultado. El rostro hermoso con la boca sensual por sus carnosos labios. Nariz respingada y unos hermosos ojos verdes con rizadas pestañas que cuando miraban, deslumbraban. Por su pelo castaño claro, sus familiares y amigos le llamaban “
Hija única, sus padres todo le daban, menos libertad. El padre extremadamente celoso y ella una madre posesiva. Por tanto, nunca la dejaban salir a la calle si no era acompañada. Cuando acudía a la secundaria, el padre la llevaba y regreso era en compañía de la madre. Si por alguna causa ésta no iba por ella, Berna regresaba siempre rodeada de muchachos, no porque ella lo quisiera sino por que era muy asediada por sus posibles pretendientes. Algunas veces fue sorprendida por su padre al ir por ella a la salida de la escuela, asediada por los muchachos. Enfurecido, le reprochaba su comportamiento y a leperadas corría a los jóvenes. El problema se resolvió cuando Berna terminó la secundaria; el padre ya no le permitió seguir estudiando. La madre, sumisa y sojuzgada ante el carácter duro y dominante del padre, no la defendía; al contrario, en ausencia del esposo, ejercía un estricto control sobre ella.
A partir del día en que conoció a Berna y ésta volvió otras veces a la bodega, Epifanio al salir de trabajar, se plantaba en la esquina de su casa con la esperanza de poder mirarla y los domingos, hacía guardia en la acera para verla pasar acompañada de los padres, intercambiar con ella señales con las miradas; al salir toda la familia de Berna para oír misa en la iglesia de
Berna, no obstante la represión a que estaba sometida, mostraba su carácter ante la madre, rebelándose a que la tratara como a una prisionera. Motivada por la mucha atracción que sentía hacia Epifanio, comenzó a buscar cómo salir a la calle sin vigilancia. No esperaba a su madre para salir juntas cuando se requería ir al mercado o a la bodega o a comprar alimentos para la cena; ella se adelantaba ante los reclamos de la madre y aprovechaba los pocos momentos libres para saludar a Epifanio en la bodega o en la acera donde permanecía como guardián. A escondidas se hicieron novios; un noviazgo que no pasaba de tomarse las manos y de vez en cuando darse un corto y furtivo beso. Epifanio no quería mantener su amor en secreto. Le suplicaba a Berna, que le permitiera hablarle a su madre pidiéndole permiso para formalizar sus relaciones; pero Berna se negaba, diciéndole que sería contraproducente por que al saber de su noviazgo, de inmediato se lo comunicaría a su esposo, el cual, primero la tundiría agolpes y luego la encerrarían y sin poder salir, de plano ya no podrían verse.
Pasaron varios meses viéndose a hurtadillas, hasta una noche… un dos de febrero, día de
Tiempo después, Berna mostró los signos de un embarazo, sin darle a conocer su estado a Epifanio. La madre muy vigilante de ella, lo descubrió y le pidió que le dijera quien había sido el culpable y cuando lo había hecho. Berna guardó silencio. Enterado el padre, a golpes trató de sacarle el nombre del presunto violador. La muchacha pensando que si lo revelaba el padre podría matar a Epifanio, calló. En una segunda golpiza, infructuosa nuevamente, el padre encolerizado, la corrió de la casa gritándole que su honor había sido mancillado y no podía permanecer un segundo más en el sagrado hogar que la vio nacer. De un empellón la arrojó fuera de la vivienda y la muchacha muy golpeada, trastabillando, resbaló en el primer escalón de la escalera y rodó, peldaños abajo. Inconsciente, sangrando por los golpes recibidos, con una fuerte hemorragia por que la caída le provocó el aborto de su gestación, quedó tirada en el piso del patio al inicio de la escalera. Una condolida vecina, llamó a
La madre, también golpeada por su esposo al achacarle que había sido una alcahueta de las relaciones de su hija y que no pudo cuidarla como lo había indicado, al día siguiente y sin el conocimiento de su esposo, fue al hospital de
--Mira hija: te suplico que no vayas más a la casa. Si tu padre te ve, estés donde estés, ya lo conoces, es capaz de matarte. Yo estoy aquí sin que lo sepa; si no, tenlo por seguro que a mí también me toca. Toma este dinero y en este veliz está tu ropa. Ya hablé con el doctor y mañana te darán de alta. Está todo pagado. Comprende… esta no es una simple despedida, es un adiós… Para tu padre y por tanto para mí… ¡Has muerto!… Adiós.
DON JUSTINO
El adusto compadre de Reyes, vivía en completa soledad, no se sabía si había sido casado y si tenía hijos o parientes, ya que nunca nadie lo visitaba. Todos los días llegando de su trabajo, se encerraba en su vivienda y después de prepararse su cena, se bebía una botella de tequila. Don Justino era una persona alcohólica que en forma muy privada, sin que nadie se enterara, bebía hasta quedarse completamente ebrio. A ninguna persona le abría la puerta cuando llegaban a tocarle y para verlo o hablarle, sólo, después de salir para su trabajo o antes de entrar a su vivienda al llegar de trabajar y únicamente en el patio de la vecindad, atendía a las personas.
Don Justino era el jefe de archivo de la oficina de Bienes Comunales del Departamento Agrario. Su jefe, un hombre muy anciano, falleció. Entró como sustituto un funcionario duro, recto, muy exigente, que metió al orden a la desorganizada oficina por la falta de mando del antiguo jefe. Todos lo respetaban porque era conocido que se llevaba muy bien con el líder sindical y con el Director del Agrario. Por este último llegó recomendado para ocupar el puesto vacante.
Su rutina diaria se vio interrumpida. Don Justino ya no podía salir por las mañanas a curarse la cruda a la cantina “El Puerto”, ubicada frente al edificio del Agrario, como siempre lo hacía: Llegaba al filo de las once, tomaba dos tragos, botaneaba, y media hora después se encontraba fresco al frente de su archivo, sin rastros de la cruda que padecía diariamente. Pero, inteligente, le buscó solución. Ahora se la curaba de buró en su propia oficina. Ocultó entre los viejos expedientes al fondo del archivo, una botella de tequila, unos vasos, un refresco de cola y otro de agua mineral y cuando el mensajero le traía correspondencia para archivar, entre los documentos le entregaba una bolsita con varios cubos de hielo; es decir, Don Justino tenía en su oficina, su propio servi-bar, para continuar deleitándose con su vicio preferido durante las horas de trabajo.
Un mañana, enfrascado en la búsqueda de un viejo expediente en el fondo del archivo, escuchó que alguien entraba y se metía entre los anaqueles. Caminó sigilosamente y vio al drástico jefe sacando de la bolsa de su saco, una ánfora de brandy de la cual bebió rápidamente. Carraspeando se hizo notar y le dirigió la palabra:
--¡Okmn, okmn! Señor Godínez… ¿Qué se le ofrece? ¿En qué puedo servirle? – atragantándose y no sabiendo que contestar, atropelladamente el jefe contestó:
--¡Perdón… discúlpeme Don Justino! No lo vi… Pensé que no estaba usted y que el archivo estaba solo… Usted sabe, ayer fui a una fiestecita organizada por el sindicato y se me pasaron las copas… estoy algo crudo. Ya no aguantaba la sed y como me podían ver… -Componiendo la figura y el tono de voz, nuevamente exigente, continuó diciéndole: --Yo le suplico que guarde la mayor discreción sobre esta situación…
--No se preocupe señor Godínez, horita arreglamos esta situación… -Sonriendo, dueño de sí, con un ademán invitándolo a pasar al fondo del archivo, le pidió la ánfora, tomando un vaso colocándole dos hielos, sirvió el brandy hasta tapar los hielos y le preguntó:
--¿Con coca o prefiere agua mineral?
--Campechano, más coca que agua, por favor… -El jefe recibió el vaso y sin saborearlo, de un golpe le dio fin al contenido. Extendió el brazo con el vaso vacío indicándole que necesitaba otro trago, Don Justino volvió a servirle y ahora sí el jefe lo tomó degustándolo y satisfecho, al mismo tiempo que sacó su pañuelo para secarse el sudor, le agradeció:
--¡Muchas gracias Don Justino! Acaba de salvar un alma del purgatorio…
--Estoy para servirle jefe… ahora chúpese una de estas pastillitas, con éstas no dará la patada.
Ese día, el jefe regresó y luego todos los días el señor Godínez visitaba a Don Justino para pedirle personalmente los expedientes que necesitaba. Tiempo después, aparte de jefe de archivo, el señor Godínez nombró a Don Justino, su secretario particular.
Epifanio Reyes, bien recomendado, no tuvo ningún problema para entrar a trabajar al Agrario, sindicalizado y con base.
ÁMBAR,
El siguiente domingo, Epifanio cerca del mediodía, esperaba la salida de su novia, alarmándose cuando vio salir únicamente a sus padres. Les siguió la mirada hasta que entraron a la iglesia y rápidamente entró a la vecindad donde vivía Berna. Subió al primer piso y tocó en una puerta, sin recibir respuesta. A sus toquidos, se asomó por la puerta de su vivienda la misma vecina que ayudó a Berna. Lo llamó poniéndolo al tanto del accidente de la muchacha. Epifanio recorrió los hospitales de
Dos años después y sin problemas económicos, Epifanio se independizó de sus padres. Pidió un préstamo al sindicato y con dinero recibido, lo utilizó para amueblar y ocupar un departamento que había rentado por las calles de Nezahualcóyotl, muy cerca de su trabajo.
Un miércoles al regresar de su trabajo, escrupulosamente se arregló para ir a bailar al Salón “Chamberi”, cuya pista de baile se ubicaba por las calles de Lecumberri. Dos orquestas amenizaban la reunión, tocando alternadamente sus respectivos turnos: El Güero Llamas y Tommy Appletón. Ésta última, en su tercera intervención presentó un show. Los músicos se colocaron las mamboleras de telas con vistosos colores y muchos olanes en sus brazos y empezaron a ejecutar un ritmo afro cubano muy de moda. Al estrado salió a bailar un ballet integrado por cinco bailarinas y una mujer, Ámbar, la vedette del grupo, cuyo atuendo dejaba al descubierto unas hermosas piernas que coordinaba su ritmo con los movimientos cadenciosos de su atractivo trasero, causando gran alboroto entre la concurrencia masculina. Todas las parejas dejaron de bailar y se acercaron al estrado para ver bailar a la vedette. Epifanio hizo lo mismo y conforme se acercaba al estrado, la vedette le parecía conocida… Poco a poco se acercó más y observándola bien, la reconoció: La vedette no era Ámbar ¡Era Berna!
No lo supiste… No hubo tiempo para contártelo. Mi madre se dio cuenta que mi regla se había suspendido y me llevó al doctor. Este me revisó y diagnosticó que estaba embarazada y se armó el gran escándalo. Mi padre me golpeó y me corrió de la casa… Al salir, me resbalé en la escalera y por la caída aborté. Me llevaron inconsciente a un hospital, no supe cuantos días estuve así pues me desangré muchísimo. Un día antes de que me dieran de alta, mi madre me visitó y me prohibió que ni siquiera intentara acercarme al barrio, so pena de que mi padre me matara. Me dio su bendición y se despidió. Sin nadie a quien recurrir, vino a mí una ayuda inesperada: Aurelia me brindó su apoyo. Me fui a vivir con ella y allí en su casa, terminé de restablecerme. Para congraciarme con ella, atendí su casa, lavando y planchando su ropa y preparándole los alimentos. Acostumbrada a no salir a la calle, muy triste y con una enorme depresión por la reacción de mis padres contra mí, permanecí encerrada varios meses. Aurelia alarmada por mi enclaustramiento, me invitaba a que la acompañara a un salón de baile para que me divirtiera, para que olvidara mi tragedia e iniciara la forma de rehacer mi vida.
Acepté después de mucho insistirme; pero con la condición de que no tendría ninguna relación amorosa ni la acompañaría con sus eventuales amigos. Y de esta manera comencé a acompañarla al salón, y vieras, me hizo bien, me relajé de le tensión que padecía. Tanto Aurelia como yo, regresábamos a casa después de que terminaba el baile y hasta ella empezó a comportarse mejor. Ya no salía con los ocasionales amigos sabatinos. El salón, que de vez en cuando presentaba shows, al actuar este grupo, su director me ofreció trabajo al recomendarle muchos de sus bailarines y amigos que yo sería buena bailarina para encabezar el grupo. Yo, muy necesitada y siendo la única opción que se me presentaba para obtener algún dinero, ingresé al ballet… Y así he vivido por un poco más de un año llevando una vida limpia, con tantos deseos de ver a mis padres, de recibir su perdón; pero no me he atrevido a presentarme porque los conozco y sé que no me aceptarán, mucho menos si se enteran que estoy metida en esto, pues lo considerarían muy inmoral… Y pensando en ti, soñando contigo una noche y otra también, creciendo en mí la idea de que nunca te volvería a ver.
Sentados en torno a una mesa colocada al fondo del salón de baile, Epifanio escuchaba el relato que le hacía Berna; pero aparte de la atención a la narración de su vida sus ojos estaban centrados en las hermosas piernas que el vestido de rumbera en su abertura central, mostraban. Al terminar, su plática, solamente se le ocurrió preguntar: --¿Y quién es Aurelia?
No le dio tiempo de contestar. La charla se suspendió, levantándose ambos de la mesa cuando se acercó uno de los bailarines para indicarle a Ámbar que se alistara para el segundo show. Al término del espectáculo se despidieron, quedando de verse el próximo domingo en el domicilio que compartía con uno de los integrantes del ballet. Esa noche y las tres restantes Epifanio no durmió, soñando despierto con la figura de la vedette Ámbar, no como Berna, impresa en sus retinas.
AURELIA.
La enfermera que atendió a Berna en el hospital, era una mujer joven de complexión muy delgada, flaca, mejor definido, que llegó tarde a todas las gracias corporales. Sólo tenía algo enorme: Su corazón. Se desvivía por atender a todos los pacientes que estaban a su cargo, Aurelia era la verdadera y digna representante de su profesión.
Nativa de Huauchinango, llegó a estudiar la carrera de enfermería en Pachuca y gracias a su excelencia como estudiante, ganó una beca para estudiar una especialización en traumatología en la escuela de enfermeras de
Después de las semanas de arduo trabajo, algunas veces cubriendo dos turnos y otras sustituyendo en la guardia nocturna a la compañera que se lo pedía, su única diversión consistía en ir a bailar los sábados al “California Dancing Club”, salón que se encontraba cerca de su domicilio; lugar que para fortuna de ella, no faltaba sábado sin que consiguiera galán para entregarle su amor. Los domingos los dedicaba a descansar de la desvelada sabatina y al levantarse su tiempo lo empleaba para arreglar su vestuario, limpiar su casa, preparar su comida… Hasta que llegó Berna.
PUTIÉRREZ.
El cuerpo de Berna ya no era el de una muchacha, ahora era el de una verdadera mujer, muy sensual. Su llegada al salón de baile, mejor conocido como “El Califa”, provocó rebumbio entre los galanes y los caifanes, que se peleaban entre sí para bailar con ella la siguiente melodía. Berna demostró ser una excelente y poseedora de un ritmo sensual, bailarina. Todos le proponían las perlas de la virgen para que inicialmente fuera su pareja de baile y quizá después, algo más; pero tal como le dijo a su protectora, no aceptaba ninguna compañía masculina. Su hermoso cuerpo que con mucho ritmo meneaba al compás de las melodías que las orquestas ejecutaban, avisado por un amigo, atrajo la atención de un bailarín profesional perteneciente al show de una de las orquestas. El bailarín, cuyo nombre era Polo Gutiérrez, con una marcada tendencia homosexual, lo conocían solamente por el sobre nombre de “Putiérrez”, la invitó a formar parte del ballet siempre y cuando no tuviera compromisos familiares, ya que la mayor parte de sus contratos los tenían en diversas poblaciones de
En la primera gira, Putiérrez le sugirió que para ahorrar viáticos y compartir gastos, vivieran juntos en un solo cuarto, a lo que Berna se negó; pero el bailarín le explicó que él era homosexual y por tanto, no le atraían las mujeres. Al dormir en la misma habitación, le respetaría su intimidad y además, ella ganaría el respeto del medio al verla supuestamente casada y los galanes la molestarían menos. A Putiérrez también le convenía la ficticia unión, pues le daba cierta dignidad para esconder su desviación sexual, sirviéndole de parapeto para practicar su sodomía con discreción y cierta libertad.
El grupo de bailarines con el ingreso de Berna, levantó al grupo hasta un primer lugar entre el gusto de la concurrencia, convirtiéndose Berna en la estrella principal, la vedette que atraía mayor cantidad de espectadores masculinos. Para evitar que con su nombre alguien pudiera reconocerla, a pedimento de Berna, el bailarín le cambio su nombre por uno de batalla, uno artístico, de impacto de acuerdo a su belleza, la vedette se llamaría: Ámbar.
Cuando Berna le platicó a Putiérrez el sábado por la noche, al regresar a su habitación después de la presentación que tuvieron, quien era la persona con quien estuvo charlando en el salón Chamberi, persona a la que quería con todo su corazón, que había sido y seguía siendo el amor de su vida y si se lo pidiera, sin lugar a dudas, se casaría con él y abandonaría al grupo; persona que pasaría por ella esta mañana ya que aceptó salir a pasear con él. Putiérrez gimoteó, lloró, pataleó, hizo su berrinche con una soberbia actuación, oponiéndose a los deseos de Ámbar… No quería que se fuera ni que abandonara al grupo, ya que sin ella se desmembraría el ballet… Casi al amanecer, Berna se durmió aún escuchando los gemidos del joto bailarín.
Puntualmente Epifanio llegó a la cita. La muchacha muy bien arreglada, lo esperaba en la puerta, mientras Putiérrez daba vueltas en la pequeña sala como león enjaulado. Al llamarlo para presentarle a Epifanio, aún con los ojos hinchados de tanto llorar, no quiso salir a saludarlo, encerrándose en la recámara. Sin darle importancia al hecho, retirándose de la casa, abordaron un taxi y salieron juntos, después de tantos años y tantos sinsabores vividos.
El taxi se detuvo frente al puesto de Reyes; mismo que por ser domingo, sólo trabajaba hasta el mediodía y ya se aprestaba para levantar el negocio. Bajándose y tomados de la mano, Epifanio saludó a su padre, presentándole a Berna:
--Papá, mira, te presento a Berna. –Reyes, extendiéndole la mano y sonriente, le dijo:
--¡Caray, que guapa estás! Todavía me acuerdo de ti, estabas muy jovencita… Y a tu mamá también la conozco, sigue siendo clienta mía. -Berna correspondió al saludo y volteando a ver a Epifanio, meneando la cabeza y sonriendo levemente, le comentó:
--No cabe duda que estaba muy mensa… Fíjate que nunca te pregunté quienes eran tus padres ni donde trabajaban ni mucho menos, tu domicilio… Si hubiera sabido que aquí trabajaba tu padre o al menos quien era, Aurelia pudo haberme hecho el favor de venir a buscarlo, localizarte y toda mi vida, nuestra vida, habría sido diferente. –Con palabras entrecortadas Epifanio le contestó, tomando entre sus dedos la barbilla de Berna:
--Es que… nunca tuvimos tiempo… para hablar… de mí, de mi familia… y de muchas cosas más…
Levantado el puesto y empujándolo como siempre, se encaminaron rumbo a su casa. Flavia preparaba la comida cuando los vio llegar. Con asombro escucho a su hijo presentarle a su novia. Nunca le había pasado por su mente que Epifanio tuviera novia, luego de estar metido entre puras mujeres fáciles. Berna le causó buena impresión y al abrazarla dándole la bienvenida, le comunicó:
--Ojalá ahora contigo, mi hijo piense bien y lo hagas sentar cabeza. Le hace falta casarse. Le he pedido tanto a San Judas para que consiga una buena mujer, forme un hogar y se retire de la vida de libertino que lleva… y creo que tú eres la indicada. Eres bienvenida, esta es tu casa.
Después de comer y en amena charla, Epifanio pidió permiso para salir unos momentos, dejando a Berna con sus padres. Caminando se dirigió al barrio de
--¿Quién es? –Automáticamente Epifanio contestó:
--Yo, señora. – Se abrió la puerta y bajo el dintel apareció la figura de una señora de belleza apagada con unos enormes ojos verdes ya sin brillo y vistiendo sobre su vestido, un delantal de mascota muy limpio. Epifanio, nervioso, se presentó y luego le empezó a hablar sobre Berna, sin hilar la conversación: Que ella deseaba verlos para pedirles su perdón, que él era su novio y que quería casarse con ella, que por eso estaba allí para pedirles permiso y su autorización para… -Fue interrumpido. La madre ocupando todo el espacio de la puerta, sin invitarlo a pasar, en la misma puerta le dijo: --Espere joven. Yo quisiera verla; pero no quiero contrariar a mi esposo. Su padre, que no tarda en regresar, no la perdonará jamás. Sobre todo ahora que nos han venido con el chisme de que anda de perdida, de rumbera… Imagínese nomás. Si piensa bien, cuídela, le mando con usted mi aprobación a la boda y mi bendición… Pero que no venga, para su padre y por tanto también para mí pues no le puedo llevar la contra, le repito lo que le dije a ella: ¡Ha muerto! Así que, disculpe, pero ¡Váyase! –Cerrándole la puerta en plena cara, Epifanio se quedó sin moverse del lugar, pensativo. Unos minutos después, dio la vuelta y regresó a la casa de sus padres. Reunidos nuevamente, en plena armonía departió toda la familia. Cenaron y ya entrada la noche, la pareja se despidió recibiendo de Reyes sus felicitaciones y de Flavia, sus bendiciones, por el deseo de unirse en matrimonio.
Caminaron hasta la avenida principal, abordaron un taxi ordenándole Epifanio dirigirse a las calles de Nezahualcóyotl. Berna, con una ligera protesta le expresó que si no pensaba llevarla a la casa donde vivía con el bailarín. Epifanio sin contestar a su pregunta, le contó lo sucedido en la visita que le hizo a su madre y, llorando, Berna recargó su cabeza en el hombro de su amado, dejándose llevar… Esa noche fue su noche de bodas, se unieron dando rienda suelta a un amor reprimido, muy deseado y de entrega total por parte de ella y de una verdadera relación amorosa, intensa, como nunca la había disfrutado con las mujeres que compartía en su vida nocturna, por parte de él.
Epifanio aceptó que Berna continuara con el grupo, mientras conseguían a la mujer que sustituyera a Ámbar; pero sólo le permitió actuaciones en la capital, nada de giras. Poco a poco le fue coartando sus presentaciones, impidiéndole primero ir a los ensayos vespertinos; luego por la noche empezó a acompañarla a los sitios donde trabajaba; pero al no soportar los gritos obscenos y lujuriosos que le dedicaban los espectadores masculinos durante el show, la esperaba en la calle fuera del escenario.
Berna le avisó que el siguiente fin de semana tendría varias actuaciones en el Puerto de Veracruz, pidiéndole permiso para asistir, ya que el contrato firmado, obligaba su presentación. Epifanio pidió en su trabajo que le adelantaran una semana de vacaciones y partió con ella a la gira. Cumplidos todos los días de presentaciones, Berna ya no regresó a la capital con el ballet. La pareja se quedó los días restantes en el puerto, disfrutando la permanencia como su luna de miel. A su regreso, no valieron nada las súplicas, los lloriqueos y los pugidos de Putierrez, Epifanio ya no permitió el regreso de Berna al ballet. Iniciarían, juntos, en felicidad, su vida matrimonial.
EL FUNCIONARIO.
Durante varios años fue evidente el progreso del nuevo burócrata. Epifanio tenía carisma y vocación en su desempeño laboral que le valieron muchos ascensos hasta llegar a Director de la oficina donde trabajaba. Su padrino estaba orgulloso de él, apoyándolo siempre; pero le exigía un cumplimiento estricto del trabajo porque su persona y su recomendación estaban tras él.
Berna le dio dos hijos, varones ambos, que eran su adoración y orgullo de padre, reafirmando su unión como una pareja feliz y bien congeniada; pero…el vínculo conyugal empezó a desmembrarse a causa de que Epifanio volvió a las andadas nocturnas al ya no tener quien lo controlara: Don Justino falleció.
Un fin de semana, no vieron entrar ni salir a Don Justino. Los vecinos, curiosos le fueron a preguntar a Reyes; pero él al igual que el resto de los inquilinos, no sabía de su paradero. Fue hasta el lunes en la tarde al salir de trabajar, cuando se presento Epifanio preguntando por su padrino, extrañado porque Don Justino no se había presentado a trabajar. Se acercaron a su vivienda, tocaron fuertemente en la puerta, trataron de ver por la ventana a través de las cortinas y no se notaba movimiento alguno. Epifanio se tiró al piso para observar por debajo de la puerta y percibió un olor putrefacto… Y llamaron a la policía.
Al presentarse las autoridades judiciales, ordenaron que se abriera la puerta. Al penetrar a la vivienda encontraron el cuerpo de Don Justino sobre la cama, muerto. Al conocerse los resultados de la autopsia, supieron la causa de su defunción: Una congestión alcohólica. Al probo funcionario se le había pasado la dosis diaria de tequila. Había tomado más de lo acostumbrado diariamente.
Sin la vigilancia del padrino, teniendo trabajo seguro, bien remunerado y tranquilidad en el hogar, la rutina diaria le empezó a aburrir y empezó a extrañar su vida de soltero. Epifanio principió nuevamente a desbalagar su forma de vivir, concurriendo los días viernes con sus compañeros de trabajo a los cabarés y los sábados, se levantaba tarde y jalaba con la familia para visitar a sus padres; aunque esto era solo el pretexto, ya que inmediato, dejándolos con Flavia, salía para reunirse con sus amigos y amigas del barrio y hasta que cerraban el Siboney, regresaba a dormir.
Primero los fines de semana, luego ya sin control en el trabajo al ser el jefe de la oficina, cualquier día era bueno. Justo la noche anterior al día en que
"Funcionario del Agrario, borracho y drogado, cae en la séptima delegación".
Fue suficiente. Su falta al trabajo el día de la auditoria y aunado a la campaña de moralización del sector público que organizaron las autoridades federales y sin contar con el apoyo del padrino, su acción fue tomada como un ejemplo de un mal funcionario. Fue destituido de su cargo.
No obstante que la pena legal que le aplicaron fue la de estar suspendido por diez años fuera del sector público, Epifanio no perdía las esperanzas de regresar a trabajar en el gobierno. Había formado muchas amistades entre los funcionarios relacionados con su trabajo en el Agrario y con varias dependencias del sector campesino, que visitándolos, les pedía su apoyo para conseguir trabajo en cualquier Secretaría. Con este motivo o pretexto que argumentaba, no buscaba un trabajo fijo. Con las buenas relaciones que tenía con todos sus amigos del barrio, se dedicó a la compra venta de todos los artículos que pasaban por sus manos, fueran chuecos o derechos y lo que obtenía de utilidades lo dilapidaba en sus diversiones; a la casa, solo las migajas.
Tras tres años sin empleo, su hogar se encontraba en la miseria. Berna, desesperada, le pedía permiso para regresar a su antiguo trabajo en el ballet de Polo Gutiérrez; sabía que todavía presentaba un palmito hermoso y con un poco de ejercicio diario y los exhaustos ensayos necesarios, volvería a mostrar en poco tiempo, su juncal cuerpo que era la tentación de sus múltiples admiradores.
Como buen macho, no le permitía que trabajara en nada al sentir celos por los piropos que recibía en la calle y menos regresar al ballet pues aún recordaba los gritos eufóricos del público que la veía bailar con poca ropa. Además, sentía dentro de sí, que permitírselo era arriesgarse a que Berna lo dejara y tenía mucho miedo de perderla. Era preferible para él tenerla encerrada en casa diciéndole que no necesitaba su ayuda; estaba pasando por una mala racha y cuando su suerte cambiara, todo volvería a ser como antes.
EL CONTADOR.
La crisis económica se reflejó en los pagos mensuales para cubrir la renta del departamento. El administrador del edificio, contador de profesión, amenazó a Berna con correrla si no pagaban cuando menos, un abono a la deuda por los siete meses de retraso existentes. El contador a parte de la exigencia en el cobro, tenía otro avieso fin. Desde el primer mes que habitó Berna el departamento haciéndole compañía a Epifanio, al recibir de ella el pago mensual correspondiente, se quedó prendado de su belleza. Con el transcurso de los meses y las pequeñas charlas que tenían cuando se presentaba a cobrar o los saludos esporádicos que se sucedían en los pasillos, el contador se enamoró de la mujer. Al presentarse al octavo mes y no cubrir el adeudo, el contador, decidido y aprovechando la situación le propuso que sólo si tenían relaciones amorosas, no la desalojaba del departamento. Berna, furiosa, reclamándole que cómo era posible que le hubiera hecho esa proposición si nunca le había dado pie para decírsela, le cerró la puerta en sus narices. Recargada tras la puerta y resoplando de enojo, meditaba la osadía del contador… Enojo que poco a poco fue menguando cuando cerrando los ojos, vio la figura del contador: joven, de su edad o un poco menor, alto, guapo, varonil y bien vestido… Sacando con un brusco movimiento de cabeza el pensamiento que por agradarle, le molestó, continuó con sus quehaceres. Por la noche, después de darle de cenar a Epifanio, le pidió ya en tono exigente:
--Epi, déjame para la renta, si no pagamos nos van a correr… -Berna pensó decirle lo que le propuso el contador; pero un velo cruzó por su mente y lo calló… Excusando a su pensamiento infiel, callaba para evitar un enfrentamiento entre los dos hombres de consecuencias lamentables para ambos y terminara el conflicto de todas formas, corriéndolos del departamento. Molesto, Epifanio contestó:
--Dile que me espere una semana más, voy a vender un carro que desvalijaron y tendré dinero para pagarle hasta la risa. –Ella insistió, con la idea de no verle la cara al contador:
--Epi, mejor díselo tú…
--¡Cállate, ya te dije cuando le pago!
Berna recibió la misma propuesta al noveno, décimo y al decimoprimer mes, se negó tan siquiera a escucharlo, pues en el momento que el contador empezaba a requerirla de amores, le cerró la puerta, observándolo con mucha atención, tras la cortina de la ventana.
Las relaciones de Berna con Epifanio se habían enfriado. Él faltaba mucho a la casa argumentando que salía fuera de la ciudad por negocios propios y cuando regresaba y le pedía que hicieran el amor, ella era sólo receptora, sus sentimientos hacia él disminuían tanto como crecía la admiración para el pretendiente que la acosaba. Al cumplirse un año de deudas, el contador se presentó con un actuario, dos policías y unos cargadores para desalojar la vivienda. Berna suplicó, lloró, tratando de impedir que se realizara el lanzamiento, le rogó que esperara un poco mientras localizaba a su esposo; pero de nada valieron sus ruegos, los cargadores comenzaron a sacar el mobiliario depositándolo fuera del edificio, sobre la acera. Desesperada le pidió que le concediera un plazo más, ella personalmente le pagaría en cuanto empezara a trabajar. Decididamente, con o sin el permiso de su esposo, regresaría al grupo de ballet y de seguro Polo Gutiérrez le daría un anticipo e íntegro se lo entregaría como pago. El contador le dijo que le concedía el plazo siempre y cuando aceptara la proposición… Detuvo a los cargadores para que lo pensara y esperó su decisión… Berna ya no dudó más, estaba en riesgo el techo de sus hijos, aquilató el comportamiento desobligado de su esposo que probablemente la llevaría a vivir arrejuntados en la casa de sus padres, una vez que los habían corrido y eso no lo aceptaría; contra la personalidad del hombre que tenía frente a ella y, agachada, levantando únicamente sus hermosos ojos verdes para verlo un instante, apenada… aceptó.
Las visitas del contador después de primer mes, se realizaban cada quince días, para finalmente, siendo afines y congeniando con una entrega total, Berna y su nuevo amor, se volvieron amantes.
ADELITA.
Una tarde, Epifanio realizó una buena venta de artículos robados y con bastante dinero en el bolsillo, compró alimentos, ropa y juguetes para sus hijos y un vestido para Berna. Llegó temprano al departamento y al no encontrar ni a Berna ni a sus hijos, dejó las compras sobre la mesa, salió y bajó a la planta baja hacia la vivienda de la entrada, junto al zaguán, a la portería. Adelita era la señora encargada de mantener limpio el edificio en las áreas comunes y cuando se lo pedían, previa paga aparte, limpiaba los departamentos y lavaba y planchaba la ropa ajena que le encargaban. Viuda y sin hijos, ya de edad avanzada, tenía muchos años de ser la portera del edificio. Por lo tanto, conocía vida y milagros de todos los inquilinos. Epifanio llegó a la entrada tocando con sus nudillos. La puerta estaba entreabierta, asomó la cabeza al interior preguntando:
--Adelita, buenas… ¡No sabe dónde está mi esposa?
--No, Don Epifanio. Se acaba de ir. Me dijo que no se tardaba encargándome aquí a los niños, aquí están conmigo. –Llamándolos por su nombre, el par de chiquillos salieron corriendo y abrazaron a su padre. --Gracias Adelita, me los llevo, en casa esperaremos a que llegue mi esposa.
Epifanio entró a su departamento con la plena certeza que su mujer había salido para entrevistarse con Putiérrez para reintegrarse a su grupo. Cerca de las nueve de la noche y ya dormidos los niños, bajó a esperar a Berna oculto entre las sombras del zaguán. Desde allí la vio llegar sola, a bordo de un taxi. Subió a la vivienda mientras Berna preguntaba por sus hijos con la portera. La esperó de pie frente a la puerta. Berna abrió, vio a Epifanio y no pudo decir palabra alguna, los golpes se lo impidieron. Con saña la golpeó hasta que quedó desmayada sobre el piso. A Epifanio le extrañó que su esposa a pesar de los fuertes golpes recibidos, no se quejara ni siquiera gritó ni mucho menos lloró, como si aceptara la golpiza por merecerla. Tomó sus objetos personales y de su cartera sacó unos billetes y los dejó sobre la mesa, retirándose; pero arrepentido, recogió el dinero pensando que si la tunda era merecida, lo que no merecía era el dinero, mejor se lo gastaría en el cabaret, que entregárselo a una mujer que se le había rebelado. Sin decir ya una sola palabra, apagó las luces y salió de la vivienda.
Por la mañana, Berna no esperó más; alistó a los niños metiendo la escasa ropa de cada uno en un morral y en un veliz metió todos sus trapos. En su bolso introdujo sus pocas pertenencias personales y las boletas de empeño del Monte de Piedad ubicado en la esquina de la misma calle, amparando las alhajas que había adquirido en sus tiempos de bailarina, cerró la puerta, salió y le dijo adiós al departamento, donde muy poco tiempo había sido feliz.
Frente al puesto de Flavia se detuvo un taxi. Antes de bajarse los pasajeros, el chofer recibió la orden de esperar. Al bajar Berna y sus hijos, no obstante que se maquilló la cara para medio ocultar los efectos de la golpiza, no pasó desapercibido a los ojos de Flavia. Alarmada, esperó a que Berna le diera una explicación de su estado…
--Buenos días, suegra.
--¿Qué te pasó hija? ¡No me digas que Epifanio te golpeó! -Sin contestar a la pregunta, dolidamente le explicó: --Epi no llegó a dormir anoche, no pude avisarle, usted sabe que estamos en la miseria y me han ofrecido trabajo… necesitamos el dinero y he aceptado. Voy a salir fuera de la capital; le encargo a mis hijos… por favor suegra, cuídelos mientras regreso por ellos.
No habló más ni Flavia tampoco. Acercó a los niños junto a Flavia y ésta, repegándolos a su cuerpo, a su delantal, colocando sus manos sobre ellos, comprendiendo la decisión de la mujer, calló. Berna, antes de abordar el auto que la esperaba, se hincó frente a sus hijos y con lágrimas en los ojos, les dio la bendición, se despidió de ellos y se fue… Se dirigía a reunirse con su nuevo amor, con el que iba a ser su nuevo marido, con el contador. Abandonaba a Epifanio y a sus hijos, creyendo borrar con la huída toda su vida que había transcurrido, todos los sufrimientos pasados: su aborto, su tiempo de depresión, su etapa de bailarina, la vida con Epifanio, los años de miseria y abandono y por último, la golpiza y quizá… si la vida le cambiaba con este hombre, algún día regresaría por sus hijos.
PARTE TRES
DOÑA ESTÉFANA.
La vivienda que había ocupado Don Justino, se había rentado tres veces y las mismas tres veces se había desocupado. Los inquilinos salían despavoridos afirmando que espantaban. Un hombre alto vestido de negro, con un vaso en la mano, caminaba por la sala. Los vecinos estaban convencidos que era el ánima, que era el fantasma de Don Justino. La vivienda por las malas vibras que se sentían en su interior, permanecía desocupada.
Flavia contrató los servicios de Doña Estéfana, la curandera del barrio. Una mujer muy temida por sus dotes de bruja y a la que concurrían todos los vecinos a las consabidas limpias para que obtuvieran: salud, dinero o amor. Le pidió que visitara la vivienda para expulsar a las ánimas que la ocupaban. Antes de presentarse, le encargó que tuviera los menjurjes previos a la limpia. Flavia acudió al mercado de hierbas de
Hecho todo lo ordenado, Doña Estéfana se presentó, recorrió las habitaciones y confirmó los dichos de los vecinos: ¡Sí había una posesión espiritual en la vivienda! De inmediato metió el anafre con el carbón encendido, colocó el incienso y la mirra, sahumó los ramos ofreciendo cada ramo a cada una de las tres personas de
Al tercer día, penetró con un cirio encendido y un cuadro con la imagen de San Ignacio. Revisó las manzanas encontrándolas totalmente negras, explicando que su transformación se debía porque habían absorbido las malas vibraciones de la vivienda, ordenando que se quemaran de inmediato. Recorrió toda la vivienda y el cirio no se apagó. Tomó un frasco que contenía agua bendita y con el líquido roció techos, paredes y pisos. Tomo otro frasco y en la puerta asperjó el conocido perfume siete machos para impedir que volviera a penetrar cualquier otra ánima maligna y listo: No había ya en la vivienda más espíritus ni fantasmas. Don Justino no se volvería a presentar. Don Justino ya descansaba en paz.
Epifanio ocupó la vivienda en compañía de sus hijos, contando con la ayuda de sus padres que se responsabilizaron del cuidado de los niños y de la renta mensual. Epifanio continuó con su vida licenciosa y dedicado para subsistir, con la compra venta de objetos robados.
Las noches que no se reunía con sus amigos y no acudía al Siboney, Epifanio recorría los salones de baile, teatros de revista y de espectáculos y a diversos cabarés que presentaban variedad, buscando al grupo de ballet. En sus peregrinajes nocturnos llegó al cabaret "Siglo XX", sobre la calle de Niño Perdido, en cuya marquesina anunciaba un espectáculo de travestís y bailarinas exóticas. Entró, se sentó y pidió una bebida. De inmediato una fichera se le acercó diciéndole si lo acompañaba; él, a punto de aceptarla, vio sentado entre la concurrencia a Polo Gutiérrez y la evitó expresándole que hasta después que terminara el show, viniera a sentarse. No quiso interrumpir el espectáculo; esperó a que finalizara para levantarse e ir a increpar al bailarín. Al término, se levantó; pero Gutiérrez le ganó al pararse rápidamente y entrar por la puerta de los camerinos. Epifanio se regresó, pagó la cuenta y salió. Dio la vuelta a la esquina y se plantó a la salida de los artistas que el cabaret tenía por la calle de Fray Servando. Unos minutos más, Polo hizo su aparición. Epifanio se le presentó y sin más palabras le preguntó dónde estaba Berna. El bailarín negó toda relación que lo vinculara con ella, pues desde la despedida que tuvieron en Veracruz, jamás la había vuelto a ver. Epifanio sin creerle, primero lo amenazó si no le decía donde se encontraba y segundo, ante la negativa, lo tomó fuertemente de la ropa, lo empujó contra la pared y a golpes, le dijo, le sacaría la verdad. No lo pudo hacer… Cuando levantó el brazo empuñando la mano para pegarle, los demás integrantes del ballet salieron en defensa de Gutiérrez, evitando que lo abofeteara. En ese momento, saliendo por la puerta, el coreógrafo del show del cabaret, Manolito Vergara, conocido maricón en todo el medio artístico por su gran calidad en el montaje de sus coreografías y llamado entre todos los artistas por el mote de
--¿Buscas a Ámbar? Pues estás bien loco si la buscas con nosotras… Ella se casó y vive muy feliz, me la encontré como espectadora en el Blanquita en el foyer del teatro y me presentó a su esposo, ¿no lo sabías?, Pues la tienen como una reina, muy diferente a la miserable vida que tu le dabas, guey… Así que… sacarrácate de aquí, tonto…
--¿Es verdad que se casó, Adelita?
--Si Don Epifanio, es verdad. Vino hace tiempo, cuando todavía vivía usted aquí y me preguntó si sus hijos estaban aquí. Me invitó a subir a su auto temerosa que usted la pudiera ver y adentro platicamos. Pensó que si los tenía a su cargo, era probable que yo los estuviera cuidando y si usted no estaba, que yo le permitiera verlos. Le informé lo que sabía y lo que usted me había platicado. ¿Hice bien, Don Epifanio?
--¿Venía sola, Adelita?
--No, venía con su esposo. –Adela se reservó informarle quien era su marido, pues Epifanio lo conocía y como era su patrón, el administrador del edificio, no quiso incurrir en una indiscreción que tuviera funestas consecuencias.
--¡Ni hablar, creo que la perdí! Fui muy bruto… Sólo le pido una cosa Adelita, en caso que regrese, -Interrumpiéndole, con alegría le expresó: --¡Sí va a regresar, me lo prometió!
--Dígale por favor, que todavía la quiero mucho y deseo su perdón. –Despidiéndose, no por terminar de hablar, sino por que no quería que Adelita lo viera llorar, dio media vuelta y se retiró.
EL DROME Y EL CAMAY.
En una cantina de la colonia Obrera, reunido con varios de sus amigos, festejaba el cumpleaños de uno de ellos: El Camay. Epifanio levantó su vaso para terminarse la tercera cuba, cuando recordó qué debería celebrar este día. Se cumplía la fecha en que Berna lo había abandonado varios años atrás. Era el momento de festejar también su no deseada soltería; volviendo al entorno de la cantina cuando oyó que el festejado algo le propuso:
--Hoy es jueves, Pifas, se pone bueno el Carrusel, ¡vámonos de reventón! ¿Qué dices, seguimos la parranda para continuar festejando mi santo? Yo invito.
--¡Qué palabras mi buen Camay! ¡Claro que hoy nos toca reventón! –Epifanio pensó que era buen lugar para festejar su soltería, le dio un sorbo a la última cuba que pensaba tomar en la cantina, cuando entró al bar un billetero jorobado, amigo del grupo, que apodaban el Dromedario, pero como cuates, le decían "El Drome". Lo vio acercándose a él y al estar a su lado le dio unos golpecitos en el hombro, diciéndole:
--Mis albricias Don Pifas, mis albricias! Lo he buscado todo el día, desde temprano por su casa y algunos cuates me dijeron que andaba por el Barba Azul… Y al fin lo encuentro…
--¿De qué se trata, Drome?
--¿Cómo que de qué, Don Pifas?, ¡Que le pegamos al gordo del sorteo de ayer! –Epifanio buscó en las bolsas de su chamarra, luego en la de la camisa y junto con unas tarjetas, sacó cuatro cachitos de lotería, preguntándole:
--¿Son estos, Drome? –Escuchando una voz afirmativa.
--¿Y de a cómo me toca? - El premio mayor es de cinco melones de varos… usted tiene cuatro cachitos y por lo tanto le toca: ¡Un melón de varos! –Epifanio no supo que decir. Su primera intención fue levantarse e ir a visitar a Adelita para que le dijera a Berna cuando regresara a verla, que estaba muy bien económicamente, que regresara con él y con sus hijos que la extrañaban mucho. Que cambiaría. Que no le armaría bronca por su abandono ni por su nueva unión; que la perdonaba como esperaba que ella también lo perdonara. Que nunca jamás volvería a pegarle. Que sería otro hombre muy diferente y que volverían a ser felices… La algarabía de sus amigos lo sacó de su ensimismamiento: --¡Bravo mi buen Pifas! ¡Ya la hiciste mano! ¡A disparar se ha dicho, mi Pifas! Y más gritos alusivos…
--¿Cómo voy a disparar, aún no hay feria mis cuates, hay que esperar a que cobre…!
El patrón de la cantina se acercó a la mesa que rebosaba de alegría, abriendo los brazos para felicitar con un abrazo al afortunado parroquiano, hablándole con el ceceo acostumbrado de los mestizos españoles que aún siendo la mitad mexicanos, continuaban con el habla de los peninsulares:
--¡Felicidades Don Pifas!, pero ¡Hostia! La casa pone una tanda para celebrarlo.
--Muchas gracias Don Zenobio, gracias…
--Y no os preocupéis si no tenéis parné para invitar a tus amigos. La casa le presta y mañana venís a pagarme o cuando se te dé la gana, ¡No faltaba más, hombre!
--De nuevo gracias Don Zenobio –Y los amigos estallaron con una porra dedicada al patrón de la cantina. Epifanio volvió a darle otro sorbo a su vaso y se levantó para dirigirse al mingitorio. Acercándose a la barra de la cantina, Don Zenobio le aconsejó: --Mire Don Pifas, es peligroso que traiga usted cargando ese billete, lo podéis perder o se lo pueden robar. Si confiáis en mi persona os lo puedo guardar y mañana con tranquilidad podéis pasar por el e ir a cobrarlo. Claro, si dudáis de mí, le extiendo un recibo. –Antes de contestarle al cantinero, dos personas que ocupaban una mesa junto a la barra y escucharon toda la plática con el Drome y con el cantinero, pidieron la cuenta, pagaron y furtivamente salieron de la cantina.
--No Don Zenobio, nada más me tomo la del estribo y me retiro a casa; aunque les estoy diciendo que sí, no, no sigo la parranda, aquí la corto; de todos modos muchas gracias y ahora, présteme la llave del baño.
Epifanio entró al sanitario, corrió el pestillo y se encerró. Se quitó los zapatos, los alzó y presionó un disimulado taquetito de suela como seguro, giró los tacones de ambos zapatos descubriéndose una cavidad. Reyes, su padre, le adaptaba a sus zapatos con tacón cubano, esa combinación para que en ese hueco, guardara el dinero cuando traía una cantidad mayor y evitar que se lo robaran. Cortó el billete de lotería en dos cachos y cada parte la metió en la cavidad de los zapatos junto con dos billetes de cien pesos, muy bien doblados. Giró los tacones colocándolos en su lugar, se calzó los zapatos, orinó en la taza y salió reuniéndose con sus amigos que ansiosos lo esperaban para brindar con él diciendo ¡Salud!
--Bueno mis cuates, me tomo la penúltima y hay nos vemos… -Alarmado el Camay le preguntó:
--¿Qué, no quedamos de ir al Carrusel?
--Ya quedamos en que sí, nada más voy a arreglar un bisne y si me tardo, nos vemos afuera del Barba Azul, antes de la hora del reventón. Está todo pagado gueyes, nos vemos en el espejo… -De pie, se tomó el resto de la cuba que quedaba, dejó el vaso sobre la mesa y salió de la cantina.
Caminando llegó a la esquina de Niño Perdido, abordó un camión y cuadras más adelante se bajó en el cruce con la calle de Nezahualcóyotl, la calle del departamento donde vivió primero él y luego lo habitó con Berna. A pie, muy distraído, recordando las palabras que pensó decirle a Adelita una hora antes, no se dio cuenta que lo habían seguido. Al cruzar el solitario y oscuro callejón que se ubicaba una cuadra antes de llegar al departamento… De las sombras surgió una macana que le golpeó el cráneo. Epifanio perdió el conocimiento y se desplomó. Caído, lo arrastraron al fondo del callejón y continuaron golpeándolo. Al notar que ya no se movía, procedieron a desvestirlo y revisar toda la ropa; le quitaron los zapatos y revisaron dentro de los calcetines y nada… no traía el billete de lotería. Uno de los asaltantes le preguntó al que fungía como jefe:
--No trae nada comandante, ¿qué hacemos?
--¡Vístanlo y lo suben a la patrulla, no podemos dejarlo tirado en este lugar! –Todos a bordo de la patrulla tomaron rumbo hacia la carretera de cuota de Puebla. Unos kilómetros adelante del Peñón Viejo, sin disminuir la marcha del vehículo, vigilando que no vinieran carros atrás que se dieran cuenta, arrojaron el cuerpo de Epifanio creyéndolo muerto; cuerpo que al rodar por la cuneta quedó desmadejado a varios metros del acotamiento. El comandante les dijo a sus agentes:
--Dicen ustedes que los oyeron planear venir al Carrusel después del reventón del Barbas; cuando descubran el cuerpo, como el cabaret está por estos rumbos y hay muchos testigos que escucharon la cita, los sospechosos serán sus amigos y hay un móvil, el billete de lotería. Por ahí irá la investigación, si es que la hay, ¿de acuerdo, pinches monos?
--¡Ni hablar! Usted si la sabe hacer, jefe.
--Por algo soy su comandante…-Aceleraron más la velocidad de la patrulla y al llegar al retorno del paradero de autobuses sobre la carretera, dieron vuelta y regresaron a la ciudad.
LOS CHAVOS.
Muy de mañana, dos chavos que se dirigían a los basureros de Santa Martha para vender lo que pepenaban en la orilla de la carretera, lo descubrieron. De inmediato procedieron a revisarlo buscando entre su ropa si portaba algo de valor para llevárselo y posteriormente venderlo en el tianguis de Los Reyes. Decepcionados por encontrarlo limpio y hasta sin zapatos, se retiraban cuando escucharon que el cuerpo emitía un sordo ronquido. Regresaron cautelosos y observándolo bien, se dieron cuenta que aún estaba vivo.
Corrieron hacia el hospital de débiles mentales ubicado a unos doscientos metros del sitio, avisando que un hombre atropellado por un auto, se encontraba vivo. Dos camilleros salieron a su llamado, lo levantaron e ingresaron a la sala de urgencias del nosocomio para atenderlos. Allí, los médicos diagnosticaron que sufría una conmoción cerebral por causa traumática; por esta razón no pudieron moverlo ni trasladarlo al hospital de traumatología dejándolo encamado en terapia intensiva para su observación. Sólo le atendieron las heridas superficiales y notificaron su ingreso a las autoridades correspondientes.
Al día siguiente, sin recobrar el conocimiento, Epifanio falleció. El Ministerio público inició sus investigaciones interrogando a los camilleros y éstos notificaron que salieron por aviso de unos muchachitos que lo encontraron dentro de la zona federal de la carretera. No hubo nada más. A punto registrarlo como desconocido, el médico que lo atendió le informó que en su hombro izquierdo tenía un tatuaje con el nombre de "Epi" y con este nombre fue clasificado para su posterior traslado a la delegación policíaca y de allí, al servicio médico forense para la autopsia de ley.
Epifanio acostumbraba a faltar varios días a su casa sin dar aviso a sus padres y así, su ausencia no les causaba preocupación. Alarmado por la tercera noche de ausencia, Reyes empezó a preguntar entre sus amigos si conocían su paradero; pero ninguno le daba razón de él. Decidido a buscarlo a donde fuera, fue a la pulquería a pedirle permiso a Severiano, que le permitiera a Rufino, el jicarero, lo acompañara en sus investigaciones. Juntos fueron a las Cruces, a los hospitales de servicios médicos, a las delegaciones, a las cárceles preventivas, a las cantinas y cabarés… Y nada, no se encontraba ninguna persona registrada con su nombre ni sabían de él, los meseros y cantineros ni las suripantas.
Fue al quinto día, al regresar a la segunda delegación, lugar donde muchos años atrás lo registraron como hijo legítimo, después de preguntar y recibir nuevamente una respuesta negativa, el policía de guardia en las crujías viendo su desesperación, les dijo:
--Bueno, ustedes han venido buscando a una persona viva; ¿ya buscaron entre los muertos? Vea la lista y las fotos que están en esos tableros y allí también están los desconocidos… Si está la persona que buscan, avíseme para que puedan pasar a la morgue.
Temerosos, Reyes y Rufino, revisaron la lista, vieron su foto y su registro como "Epi, leyendo el reporte de muerto por atropellamiento según el dictamen médico y muy angustiados, pasaron al depósito de cadáveres. Allí, en una fría plancha se encontraba el cuerpo de Epifanio cubierto con una sábana, listo para ser enviado al servicio médico forense. Destapándolo para su reconocimiento, el cuerpo totalmente desnudo mostraba los hematomas por la gran cantidad de golpes recibidos y la cabeza deshecha por el golpe del auto que lo atropelló
Regresando del panteón de Iztacalco, Flavia se encontraba llorosa y muy cansada. Se había pasado toda la noche preparando café y sus famosos tamales y atole para atender a todos los asistentes al velorio de su hijo. Sentía un dolor muy grande: había perdido al hijo que San Judas milagrosamente le dio; al hijo tan deseado que por su naturaleza no pudo gestar. Pero estaba resignada porque algo, más bien un mucho, la reconfortaba: tenía a sus dos nietos a su lado. Recostada en su cama pensaba en sus vidas, se esmeraría en cuidarlos y no dejarles tanta libertad como la tuvo con su hijo. Problemas económicos para criarlos, no los tendría, porque Don Justino les heredó sus ahorros y las prestaciones que por su muerte el gobierno otorgaba, fincando un fideicomiso que administraría su educación hasta sus estudios superiores. Su relativa tranquilidad, de momento cambió a inquietud… por su mente pasó el recuerdo de Berna, preguntándose… ¿Qué tal si regresaba por sus hijos?
EL VIRÓN
Reyes no hablaba. Repasaba en silencio las vicisitudes de la vida de su hijo. Tanta alegría y fortuna recibió cuando llegó, como ahora tanta tristeza sentía por su partida. Al despertar Flavia, por la tarde, Reyes le hizo compañía y los dos solos, como cuando festejaron la legitimidad de su hijo, se abrazaron y lloraron la muerte de Epifanio.
Ya casi en el anochecer, las vecinas llegaron a la vivienda y empezaron los rezos, un rosario seguía a otro, esforzándose las rezanderas en superar la actuación de la anterior, al orar muchos misterios dedicados al descanso eterno del alma de Epifanio. A una seña hecha con la mirada, El Virón hizo salir a los hombres asistentes al rosario, invitándolos a la pulquería. Al entrar, Severiano y Rufino nuevamente le dieron el pésame y una vez que tomaron asiento, sin pedirlo, les sirvieron sus vasos de pulque. El zapatero remendón, el buen Virón como lo conocían en todo el barrio, bajó la cabeza: el recuerdo del niño que todos los días, ennegrecido con el betún de calzado, amarrado a su puesto, le hacía compañía, hizo que le brotaran unas lágrimas que recorrieron sus mejillas y cayeran en su vaso, mezclándose con el pulque servido. Levantó la cabeza y fijó su vista sobre la pared que se encontraba frente a él, observando una pintura mural de las muchas que decoraban el interior de la pulquería, representando un paisaje de los llanos de Apan, mostrando las enormes filas de sembradío de maguey y, en un lado de la pintura, en la parte baja, escrita con letra muy garigoleada, leyó la oración dedicada al blanco néctar que paladeaban:
"Pulque nuestro que estás en los cueros,
Que tumbas lo mismo a prietos que a güeros…"
PARTE CUATRO
LOS CHAVOS.
De regreso, como siempre lo hacían cargando una pequeña bolsa con algo de mandado, comprado con el importe de las ventas de la recolección de las latas de aluminio tiradas por los automovilistas en la orilla de la carretera y que vendían en el basurero; los dos chavos jugueteando, regresaban a sus míseras casas caminando al lado del acotamiento. Recogían algunos guijarros que les servían de proyectil a sus resorteras, para tirarles a los pájaros que a esa hora regresaban a sus nidos en los árboles sembrados en el límite del derecho de vía de la carretera. Uno de ellos, levantó algo que le llamó la atención, diciéndole a su amigo:
--Mira, este zapato está bueno todavía, a ver si encontramos el par por que uno, no nos lo compra Don Locorín, el del tianguis, vamos a buscar bien…
--Llévatelo, guárdalo en la bolsa, -le contestó el compañero-, mañana temprano lo buscamos, horita ya casi anochece y no se ve bien y además, ya se nos hizo tarde.
EL COMANDANTE.
--Me buscan al Camay y al billetero, ése al que le dicen el Dromedario; de seguro los encuentran por aquel barrio, en las cantinas o en los billares. El primero es un vago y al otro ya lo conocen. Me los ponen en chirona hasta que yo llegue. –La pareja de agentes salieron rápido a cumplir las órdenes del jefe y para las primeras horas de la noche, los tenían a buen recaudo encerrados en los separos de la misma jefatura. Hasta la mañana siguiente fueron interrogados por el jefe, cada uno por separado:
--A ver Drome, si no quieres pasar unos añitos en el bote, sé buenito y contesta con la verdad…
--¿De qué se me acusa o qué hice, mi jefe?
--Investigamos la muerte de Epifanio Reyes, tú eres uno de los últimos que lo vieron con vida, ¿no es así? –Temeroso, el Drome apenas pudo decir que sí.
--Tú le vendiste un billete que salió premiado y consideramos que el móvil de la muerte fue por robarle el billete. Necesito que me digas primero el número del billete, las fracciones y la serie, para reportarlo a la lotería como robado y no lo paguen. Segundo, entre las pertenencias del occiso, no aparece el billete; dime, viste si el difunto se lo entregó para que se lo guardara alguno de sus amigos que lo acompañaban, o ya fuese al cantinero, al mesero o al gachupín propietario de la cantina. Finalmente, tú conocías bien al muerto, ¿hay una mujer a la que visitaba?, porque sabemos que no tenía esposa… Dime la verdad y saldrás libre, de ti depende…
--Los datos del billete, apúntele, se los doy. No hay pierde porque el resto del billete ya fue cobrado. Los cuatro cachitos que le vendí, se los guardó en la bolsa de la camisa después de verificar que era el que estaba premiado. Luego se paró para ir al mingitorio y lo vi platicar con Don Zenobio, le pidió la llave y entró al baño. Mientras lo estuvo ocupando nadie más entro a mear. Al regresar se tomó la penúltima y se despidió saliendo de la cantina, solo. A mi me dijo que nos veríamos al día siguiente por la tarde después que lo cobrara, para darme mis albricias… y ya no lo volví a ver, hasta anteayer cuando lo acompañe al panteón. Y a no ser por alguna de las viejas del Siboney, no tenía ninguna de planta… Eso es todo lo que le puedo decir, mi jefe.
--Bueno, debes saber que esta es una investigación en secreto, no queremos que se sepa que estamos indagando para que no vaya a volar el culpable. Cuidadito con soltar el hocico si no quieres verte entambado. Te encargo que pares la oreja, que me ayudes con la averiguación y si sabes algo, si notas que alguien trae más lana o anda gastando de más o si sospechas de algo, de volada vienes a decírmelo, ¿de acuerdo?, ahora, ¡píntese de aquí! –De estampida, el Drome salió de la jefatura y el comandante llamó a uno de sus agentes. Éste, cuadrándose, hizo acto de presencia.
--Toma, aquí están los datos del billete, vete a dar un plantón a la lotería y vigilas quien se presenta a cobrarlo.
--Qué, ¿no va a reportarlo como robado?
--No seas imbécil, si lo reporto no lo podremos cobrar. La lotería lo retiene hasta pagarlo a quien demuestre su lícita posesión. Nada más vigilas y mueve tus hilos para que te informen quien lo cobra y si lo ves al presentarse, síguelo, ubícalo y me avisas de inmediato. Ahora, dile a tu pareja que me mande al Camay, al vago ése.
--No Camay, o sueltas la lengua o te damos una calentadita hasta que sueltes la sopa. Tú quedaste con el Pifas de verse por la noche para ir al Carrusel. Antes de entrar o al salir del antro, lo mataron tú y tus cómplices. Así es que estás jodido. Te vas a pasar muchos años en el tambo… a menos que confieses quién se quedó con el billete.
--No lo sé, jefe. El pifas quedó de regresar al Barba Azul antes del reventón y le juro jefe, que no llegó. Yo y otras viejas nos fuimos al Carrusel en el taxi de Sánchez, puede interrogarlos a todos, le doy los nombres, serán testigos de que el Pifas no llegó. Si yo fui al Carrusel, es porque pensé que después de arreglar el bisne que tenía pendiente el Pifas, allá nos alcanzaría nuestro afortunado cuate. Me quedé esperándolo hasta el cierre del antro y me retaché en el último viaje que hizo Sánchez y él mismo me llevó hasta mi cantón. Me cae que le digo la verdad.
--El cadáver no traía el billete, entonces, ¿quién se quedó con él? ¿Se lo entregó a alguno de tus amigos? ¿Y qué bisne y a dónde y con quién lo fue a arreglar? Despepita…
--No se lo entregó a nadie. Él se lo guardó en la bolsa de la camisa, entró a mear y salió de la cantina sin decirme a dónde iba ni que negocio traía entre manos. No lo sé jefe. De veras no lo sé. Yo soy inocente.
--Mientras investigamos los datos y nombres de tus acompañantes para verificar tu coartada, te quedarás encerrado. Es todo. –Llamando al agente, le dijo-: ¡Llévatelo y enciérralo!
DON LOCORÍN.
Un chacharero, comerciante en todo tipo de artículos usados y compra venta de todo lo que le caía y veía una posibilidad de obtener ganancias, montaba todos los objetos de venta sobre el suelo y sobre los huacales y cajas en que, una vez terminada la jornada diaria, con mucho cuidado los guardaba para ser transportados en su camión de doble rodada, al siguiente sitio donde los expendería. Cada día se instalaba en diferentes puntos del oriente y en los municipios conurbanos, de la capital; rutinariamente el mismo día de la semana, en el mismo sitio.
A Don Mario, que por sus arranques a veces violentos y arrebatados, como los de un loco; todos sus amigos y comerciantes le llamaban El Locorín, apodo que aceptaba sin molestarse. Su trabajo le caía de perlas para su personal gusto, pues nunca le gustó trabajar. Muy joven, sin oficio ni beneficio, se casó con la única novia que tuvo permitiéndole sus padres vivir en la misma casa en uno de tantos cuartos que la casa tenía. Durante tres años trató de ingresar como burócrata en una dependencia del gobierno federal, mientras, realizaba cualquier chamba que le proporcionara algunos pesos para su gasto diario; hasta que al fin se le cumplieron sus deseos y como un oscuro burócrata pasó veinte años en el servicio público. Aprovechando una promoción de liquidación por recorte de personal en la dependencia, él aceptó retirarse, recibiendo una muy buena cantidad de dinero invirtiendo una parte para iniciarse en la chamba de chacharero. Allí, en su puesto le llegaban tanto los compradores como los vendedores sin buscar clientes, sentado, sin esforzarse, como siempre le gustó.
El siguiente domingo se presentaron sus dos consuetudinarios clientes, un par de chamacos:
--¿A ver chavos, qué me traen ahora?
--Un par de calcorros Don Locorín, están todavía bien buenos…
--Humm, sí, no están mal… Tengan diez varos, no hay más. –Los chavos recibieron el dinero y después de repartírselo, se alejaron del puesto. El Chacharero limpió los zapatos, los boleó y hecho esto, colocó el par de zapatos entre los varios pares que exponía para su venta.
ROSALÍO.
En una de tantas reyertas que se suscitaban al calor del pulque ingerido, el Virón salió en defensa de un parroquiano vecino de mesa, que indefenso era golpeado sin piedad por sus dos acompañantes. Tirado en el suelo empezaron a patearlo y el zapatero no permitió tal abuso. Se levantó y de un empujón tiró al piso a uno de ellos y retó al otro, enrollándose su chaleco en el brazo izquierdo y sacando su infaltable chaira:
--¡Órale, si eres tan machito, saca lo que traigas y aviéntate! –Severiano el encargado, les gritó enojado e imponiendo su autoridad en la pulquería:
--¡Váyanse para afuera, aquí no quiero sangre! –Reyes con una seña los invitó a salir sin dar la espalda y sin dejar de mostrar su chaira. En la calle, sus dos atacantes creyéndose superiores al defensor, empuñando sus fileros atacaron al mismo tiempo… De un tajo en la mano, Reyes desarmó a uno y con un giro horizontal de contra, le rasgó la ropa hiriendo levemente en el vientre al otro. Asustados y sangrantes, los dos bravucones pusieron pies en polvorosa.
Guardando su arma, entró en la pulquería. Se acercó al golpeado parroquiano que ya sentado, era atendido por Rufino, el jicarero. Se sentó a la misma mesa donde momentos antes bebían sus catrinas y revisándolo, le dijo:
--¡Híjole vecino, te la partieron de veras! Pero ya no hay peligro, ya corrieron los muy hijos de su madre… Ahora vamos a que te curen, ¿quieres que le hable a
--No, estoy borracho y esos no levantan a personas como yo; mejor llévame a mi casa.
--Primero hay que atenderte, ven, vamos a mi casa, mi vieja te curará. –Casi cargándolo, luego de pagar la cuenta de los pulques consumidos, salieron de la pulcata indicándole al golpeado parroquiano que se apoyara en el puesto para evitar que se pudiera caer. Iniciando la marcha, Flavia que ya se dirigía a buscarlo, los encontró frente a la puerta y extrañada por el estado físico de la persona que lo acompañaba, le preguntó qué había pasado. Reyes la puso al tanto recibiendo por lo mismo, un fuerte regaño por andarse exponiendo en esos pleitos que no eran de su incumbencia.
Una vez atendidas sus lesiones por Flavia, descansado y sintiéndose mejor, el lesionado les agradeció su ayuda:
--Muchas gracias, que Dios les pague todo lo que han hecho por mí… y ¡Caray! Ni siquiera me he presentado. Soy Rosalío Rosales, cerrajero de profesión; tengo un changarrito en un zaguán por la avenida Ancha y vivo en la colonia 10 de mayo, aquí, muy cerquita. Estoy para servirles y ya no quisiera molestarlos más, me retiro a mi casa. –Reyes dando los nombres de su mujer y el suyo, sin esperar que lo contra dijera, ayudándolo a levantarse, le explicó: --Te voy a acompañar, no sea que esos tipos todavía anden por ahí… ¡Órale, vámonos!
Alarmada la familia por la tardanza de Rosalío, sólo esperaban la llegada del hijo mayor para salir a buscarlo. En la puerta esperando su presencia, vieron llegar a Reyes sirviendo de apoyo para que Rosalío pudiera caminar. La esposa angustiada los hizo pasar dentro de la casa y el zapatero le platicó cómo había sido golpeado. Al estar despidiéndose, un taxi se frenó frente a la casa, descendiendo un joven, alto, fuerte y al mirar a su padre y la cara de angustia de su madre, inquieto preguntó: --¿Qué sucede? ¿Pasó algo malo?, -el padre le respondió:
--Nada hijo, fue algo sin importancia.
--No hijo, -le reprochó la madre-, tu padre fue salvajemente golpeado, este señor salió en su defensa y lo trajo a casa
--¿Quién fue papá? Dime quien fue… no saben con quien se metieron… -Rosalío lo tranquilizó, le contó como estuvo toda la bronca, el porqué y quienes fueron y lo que hizo Reyes. El joven, acercándose al zapatero, estrechándole la mano, le agradeció:
--Gracias señor, le agradezco mucho su participación, le debo una y cuando requiera de mis servicios, estoy a sus órdenes. Soy madrina de unos agentes de la policía, estoy esperando que haya altas para ingresar al cuerpo policiaco, lo que se le ofrezca, estoy a sus órdenes incondicionalmente.
A su regreso, antes de que Flavia le preguntara algo, Reyes la reprendió:
--Es la última vez que permito me regañes por lo que yo hago y menos en la calle y frente a mis amigos. No me pareció nada bien lo que hiciste… La próxima vez te callo la boca de otra manera.
EL DROME.
--Buenas Don Reyes, ¿cómo está usted?
--Bien Drome. ¿Qué andas haciendo por acá? No son tus rumbos.
--Hay que ampliar el giro, el dinero está escaso. Hoy sólo le vendo a borrachos y es raro el cliente serio que cae; por eso le taloneo más lejos a ver si por acá la hago.
--La gente esta más jodida cada día y eso a mí me conviene, ahora arreglo más zapatos que antes, pues ya no les alcanza la lana para comprar zapatos nuevos. Mira cuantos pares para niños tengo que arreglar y entregar hoy mismo.
--Que bueno Don Reyes y… ya sabe que la chota anda investigando la muerte de su hijo, el Pifas…
--¿Investigando qué? Si la autopsia dijo que fue atropellado.
--Sí; pero, ¿qué andaba haciendo por allá? Está raro, ¿no?
--Tú conoces a todos sus amigos. Tú has de saber sus movidas, ¿no es así?, pregúntales a ellos.
--Y usted, ¿no sabe sobre algún recado que le haya mandado el Pifas o sobre un guardadito que tenía él y se lo mandó a usted, con alguien o algún conocido, la noche que murió? –El Virón, con la chaira de trabajo que manejaba con la mano, de inmediato se la puso en la garganta al Drome y lo amenazó:
--Tú te traes algo Drome, no te andes por las ramas y desembucha, conmigo no juegues, ya me conoces bien. -El billetero, con el susto de tener la navaja en su cuello, lo hizo brincar y caer del banco de los clientes donde se había sentado. Recuperado y al sentarse nuevamente en el banco, el Drome le soltó la sopa:
--¿Sabe Don Reyes? El Pifas se sacó la lotería, yo le vendí cuatro cachitos del billete premiado con el gordo. Al salir de la cantina lo llevaba en la bolsa de la camisa, yo vi cuando se lo guardó y la chota dice que el robo del billete fue el móvil de su muerte, ¿usted no sabe nada del billete?
Reyes, frente al puesto de tamales, una vez que había encerrado su puesto, antes de poder saludarla, Flavia extrañada por su presencia, le preguntó:
--Y ahora, ¿por qué no fuiste a la pulquería?
--Voy a buscar al hijo de Rosalío. Ándale, guarda las cosas y vámonos a casa, allá te platico. Después de cenar, con toda tranquilidad le comentó la reunión que tuvo con el billetero y tras una pausa que empleó para saborear un trago de la taza de café, le dio su opinión:
--¿Cómo la ves, Flavia? Nuestro hijo fue asesinado por robarlo, no como pensábamos que había sido por los compradores de chueco, negocio en el que andaba metido.
--¿Y qué vamos a hacer ahora, viejo? Si la policía viene a interrogarnos, ¿qué le vamos a decir?
--Nada Flavia, vamos a cerrar la boca. Sólo sabemos que murió atropellado. No sabíamos nada de nada ni de sus asuntos privados ni de su forma de vivir. Nosotros no nos metíamos en su vida para nada. Eso contestaremos si nos interrogan, no sabemos nada.
--¿Y quién se quedaría con el billete, viejo?
--Voy a investigar algo. Primero iré a ver a este joven, le platicaré los hechos y luego, si nadie sabe quien se lo robó, yo sé dónde está.
--¿Tú lo sabes, viejo? Explícamelo por favor…
--Por el momento es mejor que no lo sepas. Bueno… voy y vengo. Espero no tardarme.
Frente al joven madrina del servicio secreto de la policía, Reyes le platicó la situación de su hijo, lo que sabía y lo que le habían contado, recibiendo sorprendido, como respuesta lo que no se imaginaba: --¿Así que su hijo era al que encontraron en el hospital de la carretera a Puebla? Mire nada más… No me lo va a creer; pero no debe tener pendiente. Según se sabe, aquí entre nos solamente, es una movida de un comandante de grupo que supo o le dieron el soplo del billete y anda localizando quien se lo quedó. Tiene encerrado a uno de los acompañantes que estuvieron con su hijo en la cantina, el último día antes de que lo mataran por la noche. No hay nada oficial en la investigación, sólo es un asunto personal del jefe ése.
--¿Y no serían los mismos policías del jefe, los que lo mataron?
--Quien sabe. Y si lo hicieron, no hay prueba alguna que los inculpe. Váyase tranquilo, yo investigaré y lo tendré informado si hay algo en su contra, se la debo y le echaré la mano.
LOS CHAVOS.
Una hora después de que Flavia y sus dos nietos regresaron a casa después de comer junta toda la familia en torno a la improvisada mesita del puesto de Reyes, éste, comenzó a levantar su puesto. A las preguntas de los puesteros vecinos por que se iba tan temprano, encorvándose algo y colocando sus manos en el vientre, les dijo que le dolía el estómago tal vez algo de la comida le había hecho daño. Encerraría el puesto e iría a consultar al doctor. No faltó la acomedida vecina que le recomendara en no ir al doctor; mejor que se tomara un tesito de hinojo con una pizca de manzanilla y a los pocos minutos el dolor y las molestias, le desparecerían. Dio las gracias y despidiéndose se encaminó a su casa, empujando como siempre su puesto móvil.
Recomendándole a Flavia qué tendría que informar si acaso llegaban a preguntar por él, les dijera que probablemente fuese a ver a Doña Estéfana o al doctor; Reyes salio de la casa y tomó rumbo a la calzada Zaragoza donde abordó un camión con rumbo al pueblo de Los Reyes. Descendió en la parada de Cárcel de Mujeres y allí trasbordó a un taxi colectivo con ruta hacia Chalco. A los pocos minutos le avisaron que llegaba al lugar pedido: El hospital para débiles mentales, mejor conocido como el Manicomio.
Bajarse y empezar a buscar en el terreno, caminando en el sentido de la carretera, fue todo uno. Recordando dónde le dijeron que encontraron a Epifanio, fue removiendo todo el trayecto, los matorrales, los pastos crecidos, la basura, los hoyos del terreno, todo con calma, revisando palmo a palmo… Hasta que unos chavos, extrañados de ver lo que hacía y creyendo que era una persona que les hacía competencia, enojados, tratando de aparentar rudeza, le dijo uno de ellos:
--¿Quiúbo, que anda haciendo por aquí?
--Este es nuestro territorio, aquí solo pepenamos nosotros. –Le dijo el otro muchacho.
Reyes calmado, contestó: --Perdonen chavos, no les hago la competencia, no me van a creer lo que les diga; pero… Soy el padre de un joven que atropellaron por aquí hace como dos semanas, él murió… -Mostrando tristeza, agachando la cabeza y quitándose la cachucha, continuó-: Me lo entregaron y ya lo enterré, nada más que lo recibí encuerado, sin ninguna pertenencia y ando buscando por aquí que hallo de él, ya sea su cartera, su reloj, sus pulseras que traía o ya de perdida… sus zapatos.
--¡Huy señor! Eso va a estar redifícil que los recupere, de seguro si no fueron los de la ambulancia, fue la chota, ésos, se embolsan todo.
--¿Ustedes no han encontrado algo parecido? –Sin contestar su pregunta uno de los chavos le dijo al otro: --¿Oye, no será su hijo el bato que encontramos y le avisamos a los del hospital?… Oiga señor, ¿cómo era su hijo? –Dándole las señas, sin perder la calma, Reyes les describió a Epifanio.
--¡Sí señor, era el mismo! Nosotros lo vimos muy temprano; pero no traía nada, ni cartera ni molleja ni joyas y estaba descalzo… Lo vimos bien cuando los camilleros lo llevaron al hospital –Completó la respuesta el otro muchacho.
--Bueno, ni hablar, tengan una feria por el informe y ahí les encargo por si encuentran de perdida los zapatos. Vengo el domingo, por aquí los busco y les doy una buena recompensa, si saben algo ¿les parece bien? -Reyes inició el regreso, decepcionado, estos chavos revisaban todo y si hubieran estado los zapatos, de seguro ellos los deberían haber encontrado. Caminando por donde había llegado para esperar en la misma parada al pesero, se detuvo cuando los chavos, luego de estar murmurando entre sí, corriendo y gritándole que se detuviera, le dieron alcance.
--Señor, nosotros recogimos unos zapatos, a lo mejor son los que usted busca; si le entra horita con otro billete, le decimos dónde están.
--¿De verdad ustedes encontraron unos zapatos? –Escuchando la afirmación, sacó un billete y se lo dio al muchacho más cercano, y continuó preguntando-: No saben cómo se los agradezco, son un recuerdo de mi hijo… ¿Dónde están?
--Se los vendimos a Don Locorín, un chacharero del tianguis que llega por acá, en Los Reyes, cerca de nuestra casa, a él le vendemos todo lo que encontramos de valor.
--¿Y no saben cuales otras colonias recorre cada día?
--No, sólo lo vemos los domingos.
--Pues el domingo nos vemos, si me señalan quien es, le caigo con otra feria, ¿sí?
EL COMANDANTE.
A ver Drome, ¿qué noticias me tienes? Tiene que ser algo bueno, por que si no, le vas a hacer compañía al Camay, a calentar cemento.
--No mi jefe ni Dios lo quiera, si no, ¡quien va a alimentar a mis chilpayates y a mi vieja!
--¡Pues desembucha ya!
--Fíjese que el Virón, el padre del Pifas, se ha estado comportando de una manera medio rara, algo se trae entre manos. Ha faltado a la chamba y otras veces se ha ido temprano. Ese guey nunca falta al camello ni se enferma. Me cae que algo está tramando. –El comandante tomó el teléfono interno y llamó a uno de sus subordinados, ordenándole en cuanto se presentó:
--De inmediato le pones cola al zapatero, al padre del Pifas, investiga que esta haciendo y si le caes en algo, tráelo de volada. Si no es posible, siémbrale algo de yerba en su puesto y lo remites en calidad de detenido. Si se pone al brinco, le das una calentadita; pero que no se te pase la mano, ¿entendido?, y tú Drome, a seguir con el ojo de chícharo y ahora, ¡largo los dos!
EL AGENTE.
El siguiente domingo, era el primero de tantos años que el zapatero faltaba a su trabajo. Por la mañana salió de la casa para dirigirse nuevamente a la calzada Zaragoza y tomar el mismo camión hacia el pueblo de Los Reyes. Su destino era bajarse en la parada ubicada frente a las bodegas de vino existentes. Al descender se encontró frente a un gran solar donde la gente se arremolinaba ante cientos de vendedores; estaba frente al gran tianguis de Los Reyes. Desparramó su mirada buscando entre la multitud al par de chavos y al no verlos, no perdió la calma, sabía que tendría que esperar y si no, no faltaría quien le informara donde se encontraba Don Locorín.
Momentos antes de que llegara al tianguis, recibiendo el importe de las baratijas que le llevaron, los chavos platicaron con el chacharero sobre los zapatos que recién le vendieron:
--Ya le conseguimos cliente para los calcorros Don Locorín –viendo que el par de zapatos todavía estaban en exhibición-, qué bueno que todavía no los ha vendido.
--¿Quién es el bato que los quiere? –Los muchachos le dieron toda la información sobre Reyes y…
--Fíjese que hoy viene; es más, ya ha de estar esperándonos para decirle donde está usted. –En cuanto los chavos se alejaron, el Locorín tomó los zapatos y los guardó dentro de una caja de cartón.
--Buenas, ¿es usted Don Locorín? Perdone que lo llame así; pero es el nombre que me dieron…
--No hay problema, dígame, ¿qué le vendo, qué le gusta? Levante lo que quiera, todo barato.
--Busco un par de zapatos, los chavos me dijeron que aún los tenía; pero… no los veo.
--Si no están entre estos, han de ser de los que tengo apartados porque ya me adelantaron una feria como anticipo. –Observando la cara de desilusión del comprador, le preguntó:
--¿Y por qué los busca… son para usted?
--La verdad, no. Eran de mi hijo. Yo soy zapatero, tengo un puesto por
--Me cae que se ve que usted es derecho y le creo porque los zapatos no son de marca, son hechos por alguien que sabe trabajar, -sacándolos de la caja, se los mostró-, ¿son estos?, y si son, azote con cincuenta varos. –Reyes los reconoció de inmediato, sacó el dinero y le pagó. El chacharero recibió el billete, envolvió los zapatos en papel periódico, los metió a la caja de cartón, la amarró y se los entregó. Reyes le dio las gracias y se despidió.
Un agente de la policía que había seguido todos los pasos de Reyes desde que salió de su casa y observó la compra de los zapatos, encubriéndose, lo vio pasar y continuó tras él, hasta que el zapatero abordó el camión de regreso a su casa. Anotó el número y las placas del camión y rápido regresó para interrogar al chacharero. Identificándose, mostrando su placa, le preguntó:
--Disculpe, soy agente de la policía, infórmeme que platicó con el señor que le acaba de comprar un par de zapatos.
--¡Ah! ¿El zapatero?
--Ese mismo.
--¿Entonces, anda chueco? Me engañó… y yo lo creí leña.
--No. Yo ando investigando la muerte de su hijo y sigo todas las pistas posibles para dar con el culpable. Así que, dígame:
--Pues mire, me compró unos zapatos que unos chavos encontraron en la cuneta de la carretera; éstos me los trajeron y según dice ese señor, pertenecían a su hijo.
--¿Nada más?
--Sí, eso fue todo lo que hablamos. –El agente agradeció su cooperación, dio media vuelta, abordó su auto y a toda velocidad alcanzó al camión y luego, lentamente, tras el, respetando la ruta, llegaron a su terminal. Vio bajar al zapatero con la caja bajo el brazo. Estacionó su auto y a pie lo siguió hasta verlo entrar a su vecindad. Regresó a su auto, se dirigió a la comandancia para elaborar su reporte y al terminar, dio por terminada su jornada.
EL ZAPATERO.
--Ya llegué Flavia.
--¿Cómo te fue, viejo?
--Muy bien, conseguí los zapatos… Ven mira, con esto no es necesario que te explique, voy a destaconar los zapatos. –Efectuando la combinación del seguro, girando el tacón, dejó al descubierto, bien doblados, dos cachitos de lotería y un billete de cien pesos. Misma operación con el otro zapato e igual, otros dos cachitos y otro billete. --¿Viste? Por esto mataron a Epifanio.
--Desgraciados… ¿pero quién fue, viejo?
--Pues si ninguno de sus amigos lo acompañó ni supieron a donde iba cuando salió de la cantina, no puede ser alguien más que
--¿Y qué vamos a hacer ahora?
--La bronca está en quien va a cobrar el billete, le pegó al gordo y es mucha feria. Lo más probable es que nos estén vigilando; por eso, ni tu ni yo podemos presentarnos a cobrarlo. Ya pensaré después como le vamos a hacer para cobrarlo; debe haber alguna manera… Mientras, lo guardaremos.
Reyes se acercó a su puesto, sacó sus herramientas y comenzó a trabajar sobre el calzado de su hijo.
--¿Qué les vas a hacer a los zapatos?
--Los voy a dejar normales. Verás, le quito estos tacones, desaparezco los huecos con un pedazo de suela, retiro donde coloqué el seguro con otra pieza entera de suela usada para que no se vea nueva y coloco los mismos tacones que traían, bien clavados con los mismos clavos, le doy algo de grasa del mismo color y tono y los dejaré igualitos, nadie lo notará, tú lo comprobarás. -Al terminar su trabajo, revisando que no quedara ningún detalle, guardo su herramienta y puso los zapatos sobre el carro. Luego, entrando a su recámara, movieron su cama y bajo una de sus patas levantaron una duela, desclavándola, sacando del entresuelo una caja metálica, la abrieron, guardando el billete junto al dinero existente en la caja, fruto de sus ahorros. Colocaron todo en su lugar y ya tranquilo, descansado, Reyes le comentó a
--Estos policías hijos de siete padres, no se quedaran con los brazos cruzados. Me van a interrogar o me van a detener. Si algo me llega a pasar vas a ver al hijo de Rosalío, aquí te dejo el domicilio, el es policía, yo ya hablé con él y sabe del asunto; pero no le hables nada del billete, ¿está claro Flavia?, ¿Entendiste? Bueno, ahora háblales a los niños y vamos a comer. –Mirándolo fijamente, Flavia le dijo a su marido:
--¿Sabes qué viejo? Has cambiado mucho, ahora eres diferente, aparte de que te quiero, te admiro.
BERNA
Distraída al estar atendiendo a un cliente, Flavia no se percató que unos metros más adelante, una mujer bajaba de un automóvil. Bien vestida y arreglada, caminó hacia el puesto y frente a ella, la saludó con mucha familiaridad:
–Cómo está suegra, ¿se acuerda de mí? –Asombrada, Flavia preguntó:
--¿A poco eres tú… Berna?
--Sí Doña Flavia, yo soy…
--¿A qué vienes por aquí? ¿No me digas que hasta ahora se te ocurre venir a ver a tus hijos? Después de tantos años.
--De eso hablaremos después, si me lo permite… Mire, apenas me enteré de la muerte de Epi y vengo a darles el pésame y ver cómo están todos.
--¿Apenas? Si ya se van a cumplir tres semanas de que lo enterramos.
--Es que hasta ayer domingo vi su foto y su nombre en una revista de esas que escriben puros crímenes y aquí estoy, si me puede recibir. –Volteando para todos lados, Flavia le pregunto:
--¿Viniste sola? Te arriesgas mucho, te pueden asaltar, ya no te conocen y vienes bien arreglada.
--No, no vine sola… Tarde o temprano lo debe de saber y es mejor que se lo diga yo: Ya me casé y viene mi esposo conmigo, está en ese auto.
--¿Te casaste? ¿Pero cómo, porqué lo hiciste? ¿Entonces lo de mi hijo fue un engaño? Tú me tomaste el pelo y me engañaste al dejarme a los niños.
--Epi les mintió, nunca nos casamos. Desde el día que me fui con él no faltaba semana que me dijera: "ahora sí, el próximo sábado nos casamos" y ese sábado nunca llegó. Después de que le dejé a los niños, encontré un buen hombre y me casé. Así paso todo. Ahora dígame, cómo murió Epi y como están mis hijos.
--¿Tus hijos? Será ¿cómo están mis nietos? Ellos están muy bien y si quieres verlos y hablar de Epi, regresa cuando esté mi esposo en casa, ya sea por la noche o en domingo. Por el momento, disculpa, se acabó la plática, estoy trabajando. –Berna se despidió sin encontrar respuesta de Flavia. Callada, pensativa, regresó al auto y se retiraron del barrio.
EL COMANDANTE.
Leyendo los reportes de sus agentes, al término de uno de ellos, llamó por el teléfono interior al suscrito del documento y ante su presencia le exigió explicaciones de su investigación.
--¿Cómo que sólo compró unos zapatos? ¿Cómo estuvo eso?
--Si jefe, tal como lo reporté. El vendedor del tianguis me dijo que los zapatos pertenecían al difunto, y… -Levantando la mano como señal que guardara silencio, el comandante colocó los codos sobre su escritorio y se tapó la cara con las palmas de las manos, meditando unos momentos… De repente, golpeando fuertemente el escritorio, se levantó gritando y espantando al agente que tenía frente a él:
--¡Los zapatos del Pifas!... ¡Los zapatos! ¡Claro, en los zapatos! ¡Qué bruto soy, cómo se me fue! –A sus gritos entraron al privado del jefe los otros agentes, preguntando alarmados:
--¿Qué pasa, qué sucede jefe?
--Los zapatos… allí está el billete. Sé de algunos zapatos que les adaptan un espacio en el tacón y más si son de tacón tipo cubano. Su padre es zapatero y claro, le adecuó un hueco y el Pifas escondió allí el billete cuando entró al baño. Muy claro. Además, que raro que el zapatero tuviera interés en los zapatos y los buscara… Así que, tú vas por el zapatero y me lo traes con todo y zapatos. Ustedes dos pidan colaboración con la policía del Estado para que puedan actuar. Me localizan al chacharero y con orden de presentación para declarar, me lo presentan de inmediato y tú, sigues de guardia en la lotería… ¡Lárguense, a trabajar!
Todo policía, ya fuese uniformado o del servicio secreto, no se atrevía a entrar solo al barrio de
El agente, con la orden de remitir a Reyes y sabedor de los riesgos que corría, mejor esperó a que el zapatero llegara a la esquina donde se instalaba. Al verlo llegar desde el interior de su automóvil, dio marcha al vehículo y se estacionó frente a él y junto a la acera. Se bajó, abrió la portezuela trasera e identificándose, le ordenó:
--¡Policía! ¡Súbete y no la hagas de tos! ¡Rápido, súbete sin hacerla de jamón! –Sin demostrar miedo ni respeto al agente, Reyes, girando su puesto y colocándolo entre los dos, le preguntó:
--¿Adónde y por qué?
--A la comandancia, te van interrogar sobre la muerte de tu hijo y sobre los zapatos que compraste ayer, ¿dónde están? –Viendo un par bien boleado y con tacón cubano sobre el puesto y encima de todas sus cosas, dijo-: ¡Ah!, ¿son estos, verdad? –Reyes no contestó, sólo preguntó:
--¿Y mi puesto, quién lo va a cuidar?
--¡Me vale madres! ¡Órale, vamos pa'rriba! –Sacando su arma lo amenazó. El zapatero, tranquilo, acomodó el puesto en el lugar que tenía asignado y volteando hacia el comerciante de junto, le pidió:
--Ahí te encargo mi puesto y por favor, mándenle avisar a
Llegando a la comandancia de inmediato fue encerrado en los separos ubicados en el sótano del mismo edificio y el agente, con los zapatos en la mano, subió a ver a su jefe.
A la misma hora, los dos agentes recibían el permiso para la colaboración con la policía municipal de Ixtapaluca, sitio donde ahora, en este día de la semana, se instalaba el tianguis, para que pudieran detener al chacharero.
--¿Es usted Mario, al que apodan el Locorín?
--Sí señores, ¿qué les puedo vender?, cójale, levántelo, todo bien barato.
--Policía… Va usted a acompañarnos, tenemos orden de presentación para un interrogatorio.
--¿Aaa…ddónde? –Nervioso, Don Locorín preguntó.
--A la capital. Al servicio secreto.
--Yo no he hecho nada, yo todo lo compro derecho… yo no vendo chueco, ha de haber un error.
Por la tarde, cuando se presentó el comandante, ordenó que le subieran al chacharero.
--Vendiste ayer un par de zapatos hechizos, ¿no es así?
--Sí jefe, así fue y así le informé a los agentes que fueron a verme al tianguis. –El comandante sacando de la parte baja de su escritorio los zapatos, se los mostró.
--¿Son éstos? Revísalos bien y que no te quepa duda de que lo sean…-El Locorín tomó el calzado y dándole vueltas por todos lados, examinándolos bien, se los regresó diciéndole:
--Sí jefe, son los mismos, no tengo duda en afirmarlo.
--¿Por qué lo aseguras?
--Porque los tuve en mi poder casi diez días, limpiándolos diariamente al colocarlos para la venta.
--¿Seguro? ¿Y cómo los conseguiste? –Después de escuchar su declaración en la que no hubo contradicciones, el Locorín escuchó lo que no pensaba oír:
--Está bien, puedes irte; pero si te necesito otra vez, preséntate a nuestro aviso no importando si no llevamos orden. Vete y deja antes todo lo que traigas de lana en ese cenicero, es para la leche de la chata, y ahora –dirigiéndose al agente-, súbanme al otro presunto.
--A ver Reyes, ¿cómo te han tratado allá abajo? ¿Bien? Pues si no quieres que te sigan tratando bien y continúes allá dentro, contéstame con la verdad. A ver, ¿reconoces estos zapatos?
--Sí, eran de mi hijo, yo se los fabriqué.
--Estos zapatos guardan una cavidad secreta, por eso es tanto el afán tuyo para recuperarlos.
--No, yo no buscaba los zapatos. Como debe usted saber, a mi hijo me lo entregaron desnudo sin ninguna pertenencia. Entonces, ¿dónde quedó su cartera, su medalla y sus esclavas de oro y el anillo de brillantes? Al informarme que murió atropellado y sin identificaciones, al no entregarme sus joyas, pensé encontrar todos sus objetos regados en el lugar del accidente y si no ha sido por los chavos pepenadores que me hablaron de los zapatos, no me hubiera enterado de que existieran. –Al terminar Reyes de hablar, el comandante le dio la orden al agente que remitió al zapatero, entregándole los zapatos, que los destaconara. Éste, consiguiendo un martillo de uña, los abrió y mostró que estaban rellenos, que no había ningún hueco en el espacio de los tacones. Convencido, el jefe continuó interrogando a Reyes.
--¿Y qué sabes de un billete de la lotería?
--¿Qué billete? No sé de qué me habla…
--¿De veras? ¿No sabes que el Pifas se sacó la lotería y por robarlo, lo asesinaron?
--Mi esposa y yo, teníamos la idea que posiblemente lo habían matado la gente de los deshuesaderos, los de Iztapalapa, Él en pequeño les hacía la competencia, además comercializaba y vendía chueco las partes de los autos robados. Como éstos son muy influyentes y tienen contactos con algunas policías, me mejor nos callamos y no la hicimos de pedo. Murió y ya.
--Ni hablar, te creo, está congruente tu declaración. Toma los zapatos, arréglalos y vete; pero te lo advierto, te tendré vigilado.
Cerrándose la puerta tras el zapatero, el jefe le dijo a los dos agentes que participaron en la golpiza dada al Pifas: --A ver hijitos, éntrenle con su cuerno con lo de las joyitas del muertito, ¿no me dijeron nada, eh? Bola de cañones, rateros; no los arresto por que soy muy bueno con ustedes… hijos de la mala vida.
Reyes, saliendo del edificio de la policía, se topó de frente con el hijo de Rosalío, que llegaba corriendo a la comandancia.
--Don Reyes, su esposa le avisó a mi padre y nomás me dieron el recado, ya venía a localizarlo, dígame, ¿cómo le fue y en qué le puedo ayudar?
LOS HIJOS.
--Buenas tardes, suegro…
--Buenas, hija… ¿ahora es conmigo?
--Anteayer domingo vinimos a buscarlo y qué, ¿no vino a trabajar?
--Tuve un problemita; pero ya se arregló… y eso de que vinimos, ¿quienes?
--Mi esposo y yo, ya tuvo que haberle contado mi suegra.
--¡Ah!, sí, ya me lo platicó y ¿qué quieres?, ¿saber cómo y porqué murió Epifanio? Pues por la locura de hacerse rico y reconquistarte. Te buscó como desesperado para ofrecerte el oro y el moro y cayó en malos pasos… pagando sus errores con su vida. ¿Y qué más? ¿Ver a tus hijos? No podremos negártelo, son tus hijos y tienes derecho; pero hablaremos de esto en la casa, ya es hora de retirarme de aquí. Vámonos.
--¿Le puedo presentar a mi esposo?
--Si no hay otro remedio…
Flavia, atendiendo su puesto de tamales en el turno vespertino, vio a tres personas cuando dieron la vuelta en la esquina de la calle. Una de ellas empujando un puesto móvil y entrando a la vecindad para encerrar su puesto. Pensó que algo malo había pasado cuando la persona que entró a la vecindad, no cruzó la calle para entrar a la pulquería. Otra, una mujer, dudó en entrar o quedarse parada o acercarse al puesto. Decidiendo por lo último, le dio la espalda ocupándose en lavar los jarros, al llegar junto a ella.
--Buenas tardes Doña Flavia, estoy aquí como quedamos… Ya platiqué con Don Reyes sobre Epi, ahora quisiera platicar sobre mis hijos. –Recibiendo como respuesta un pujido de desaire:
--Humm.
--También quisiera presentarle a mi esposo…
--Humm, descarada. –Le contestó sin hacer caso de lo que pretendía Berna y sin darle la cara.
Reyes se acercó al grupo y antes de saludarla, Flavia le preguntó:
--¿Porqué no entraste a la pulquería?
--Quieren hablar con nosotros, Flavia.
--Pues se tendrán que esperar a que termine mi venta.
--Si tú lo dices, así será; mientras voy a la esquina, ¿vas por mí o nos vemos dentro de una hora? Flavia no le contestó, entonces Reyes le dijo al hombre que acompañaba a Berna:
--Voy a la pulquería, lo invito, ¿quiere acompañarme?
--No lo acostumbro; pero voy con usted. Espérame aquí, Berna. –Y la mujer se sentó en la banca destinada para los clientes, escuchando el refunfuñar de la dueña del negocio.
Entrando a la vivienda que ocupó Epifanio, ahora exclusiva para los niños, Reyes los saludó y acercándose al televisor que observaban esperando el momento en que sus abuelos regresaran de sus trabajos, lo apagó, diciéndoles:
--Hijos, tenemos visita.
--¿Quién es abuelito? -Preguntó el hijo mayor mientras el otro corrió a esconderse entre las faldas de Flavia. Ambos mirando a Berna recelosamente.
--Es una sorpresa, a ver si se acuerdan de ella… es su mamá.
--¿Mi mamá? -Preguntó el mayor, mientras el otro ocultó su cara en el delantal de su abuela.
--Acérquense a saludarla. –El mayor dio unos pasos y extendió su mano. Berna se hincó frente a él, lo abrazó y empezó a llorar. El otro niño de plano no quiso ni verla. En cuanto trataban de separarlo de las piernas de su abuela, lloraba; por lo que Flavia lo cargó y tomando de la mano al mayor, les dijo a los niños, con mucho rencor en sus palabras; palabras directas a Berna:
--Sí, esta es su madre, que de madre sólo tiene el nombre, pues se fue de su lado, ya no los quiso cuidar, los dejó solos, los abandonó… Nadie opinó, todos se quedaron callados.
Después de cenar, sirviéndole a los niños y a su esposo los exquisitos guisos que acostumbraba preparar, Flavia les sirvió a Berna y a su esposo, los tamales y el atole sobrantes de la venta de la noche. Retirando los platos y las tazas sucios, llevándolos al fregadero, Flavia escuchó lo que Reyes le preguntaba a Berna:
--¿Y qué querías platicar sobre los niños?
--Sabe Don Reyes, la vida me ha castigado mucho por mis acciones. No he podido tener más hijos… Y quisiera poder llevarme a vivir conmigo a los niños. Nosotros estamos en magníficas condiciones económicas y les podemos dar mejor vida, mejor casa, buenos estudios…
--Creo que de golpe, no va a ser posible. Tendrías que venir muy seguido para que te conocieran y se acostumbraran a tu presencia y después, ellos decidirían. –Regresando de la cocina, secándose las manos con la punta de su delantal, Flavia intervino en la plática, hablándole con rudeza a la afligida madre: --Pues estás jodida. Los niños no se van de mi lado ¿Acaso crees que nosotros no les podemos dar buena vida, buenos estudios y mejor casa? No me salgas con idioteces. A poco a ti te dieron buena vida tus padres, si te trataron a punta de madrazos. ¿Buenos estudios? Si tú a duras penas terminaste la secundaria y mi hijo la terminó con excelencia; ¿y mejor casa? ¿A poco tú naciste en un castillo? Si la pinche vecindad en que naciste está más sucia y ojete que ésta, entonces, ¿de qué te admiras, qué ya eres de la alta sociedad? Qué, por tener dinero, ¿les podrás dar el cariño que nosotros les hemos dado? Eso es lo que cuenta. Así que debes darte cuenta, pregúntales a los niños de una vez o mejor lo haré yo:
--Hijos, ¿Se quieren ir con esta señora? –Los dos contestaron negativamente.
--¿Y qué van a estudiar para que cuando sean grandes trabajen en los que les guste?
--Yo ingeniero, quiero hacer muchos edificios y carreteras. –Contestó el mayor y el menor dijo:
--Yo no, yo voy a ser zapatero como mi abuelito.
Riéndose todos ante la ocurrencia del pequeño, aflojó la tensión entre Flavia y Berna. No obstante, Flavia no se contuvo y terminó diciéndole:
--Lo que debiste hacer al largarte con este hombre, fue llevarte a los niños contigo, que este hombre se hubiera hecho cargo de ellos desde el principio; no que ahora si muy digna y rica, vienes por ellos… A poco crees que me engañaste diciéndome que te ibas por un trabajo… estás muy pendeja.
Levantándose de su silla el esposo de Berna, que se mantuvo callado toda la reunión, para evitar mayores discusiones que agravaran más las relaciones familiares, se despidió de los abuelos:
--Nos vamos, mucho gusto en conocerlos, espero nos permitan seguir visitándolos… Y como le dije en la pulquería Don Reyes, estoy a sus órdenes, lo que se le ofrezca, lo que necesite, en lo que le pueda ayudar, estoy a sus órdenes.
--¿De veras? Mire que puedo tomarle la palabra.
--Dígame usted, que se le ofrece. –Pidiéndole lo esperara un momento, Reyes salió de la vivienda de los niños y se dirigió a sus habitaciones. Minutos después regresó entregándole un sobre. El esposo lo abrió y sacó del interior un billete de lotería.
--Hágame el favor de cobrarlo. Son cuatro cachitos y le pegamos al gordo, Ninguno de nosotros podemos presentarnos a cobrarlo, primero no sabemos ni cómo ni dónde y segundo, por la muerte de mi hijo estoy sujeto a vigilancia policíaca por si conozco quien lo mató y lo estoy encubriendo.
--Claro que sí, sólo que mañana no puedo, tengo mucha cobranzas, ¿lo quiere en efectivo? Muy bien, pasado mañana se lo entrego en su puesto. –Todos en la puerta de la vecindad, se despidieron, muy cariñosa Berna con sus hijos y el esposo, muy atento con la pareja de abuelos. Reyes le dijo a Flavia al momento de retirarse.
--Voy a acompañarlos hasta su auto, lo dejaron allá en mi esquina, ya es muy noche y no sea que les vayan a dar un susto. Horita vengo.
EL ESPOSO.
Poco antes del mediodía salió del edificio donde se encontraba
Frente a su jefe le detalló su investigación y los resultados obtenidos:
--Ya lo tenemos jefe. Este es el tipo que cobró los cachitos, lo avala este documento que me dio la lotería y además indica donde vive. Fue al banco y cobró el cheque que le entregaron por el premio. Lo cobró en efectivo y metió la lana en su portafolio. Lo seguí hasta donde trabaja. Es una compañía en la que presta sus servicios y está en el tercer nivel de un edificio ubicado en la avenida Cuauhtémoc, confirmando con el conserje cuando lo interrogué que allí trabajaba y me dijo la hora de su salida. Es todo jefe. –El comandante, contento lo felicitó, dándole órdenes de inmediato:
--Muy bien trabajado. Háblale a tu pareja y a la madrina que tengan y vámonos. Es mejor estar de plantón, no sea que vaya a salir antes de la hora y se nos pele el asunto.
Mientras el agente efectuaba su recorrido, el esposo al entrar en sus oficinas se presentó en la contaduría y entregó las fichas de depósito recibidos del banco, los documentos respectivos e indicando a su secretaria que iba a comer, salió nuevamente del edificio, abordó su auto y se trasladó a la esquina conocida en el barrio de
Sentados en torno a la improvisada mesa, se encontraba toda la familia comiendo. Él detuvo su auto frente a ellos, abrió su portafolio y se bajó, saludó y le entregó a Flavia un sobre amarillo que ésta, de inmediato lo guardó en su delantal. Les dijo que había cumplido su encargo y que el próximo domingo estarían con ellos. Se despidió, se subió a su auto y en un desplazamiento máximo de cincuenta minutos, estaba otra vez en sus oficinas. Al entrar le encargó al conserje que le comprara unas tortas y cuando éste le avisó por el interfono que su encargo estaba listo, al bajar a recoger su pedido, un auto se detuvo en la acera frente al edificio y en su interior se oyó una voz que decía:
--Es ese jefe, no se ha ido.
Pasadas las siete de la tarde, ya anocheciendo, el esposo cargando su portafolio, salió del trabajo y en su auto tomó el rumbo hacia su casa, ubicada en
Una señora de avanzada edad, única testigo del atraco, gritándoles e injuriando a los maleantes, los siguió alertando con sus gritos a los vecinos; pero nadie pudo hacer algo. La misma señora, vecina de Berna en el mismo edificio, se le dio la mala noticia: Unos tipejos golpeando en la cabeza a su esposo, lo secuestraron subiéndolo en un auto sin placas y huyeron hacia el poniente.
Nada se supo del paradero del esposo ni el sábado ni el domingo ni el lunes. Berna recurrió a los hermanos de su esposo para que le acompañaran a levantar la demanda ante la policía de su desaparición y le ayudaran en su búsqueda recorriendo los posibles lugares donde podría estar. La policía les recomendó que guardaran silencio hasta que les llegara una petición de recompensa y que mientras no lo comunicaran a la prensa para poder ellos trabajar en completa libertad, sin presiones. No hubo ninguna petición por parte de los secuestradores ni esos días ni los siguientes. El miércoles llegó ante el puesto de Reyes, preguntando por él:
--Si hija, aquí estuvo el viernes a la hora de la comida, como lo habíamos convenido. Nos entregó el encargo y se fue, quedando de visitarnos en tu compañía el pasado domingo. Nos extrañó que no vinieran; pero pensamos que algo se les atoró o el día lo aprovecharon para divertirse…Y sí, si venía solo… Y no, desde ese día no se ha parado por aquí, no lo hemos vuelto a ver, ¿qué paso?
--Lo secuestraron y no sabemos nada de él; por favor, si sabe algo avíseme, aquí le dejo mi dirección y mi teléfono… Ayúdeme, estoy sola…
Hasta el siguiente domingo, Reyes localizó al hijo de Rosalío, ahora ya agente efectivo, recibiendo la siguiente recomendación:
--La persona que usted busca, ayer en la tarde la encontraron muerta en el fondo de una barranca de la carretera a Toluca. No le mueva, no le haga ruido al chicharrón. Esto es un asunto del comandante que usted conoce y él está a cargo de la investigación. Téngalo por seguro que no hará nada, le echará tierra al asunto. ¿Quiere verse incriminado en el crimen? ¿Quiere que lo vuelvan a detener e interrogarlo para saber por que se interesa en esta persona? Usted no es tonto, piénselo. Yo le recomiendo que no se meta, que no se involucre con la investigación. Mejor, usted no sabe nada.
Berna, meses después de la muerte de su esposo, no soportó la soledad. Dejó su departamento en Tlatelolco y se cambió a la vecindad, a vivir en compañía de sus hijos. Allí los vio crecer y se sentía orgullosa y agradecida por la educación que les brindaron sus abuelos. El mayor, Rey, un joven ingeniero que heredó de su padre la facilidad para los números, ya casado y trabajando en la construcción del metro; el menor, Epi, tal como lo predijo cuando niño, era un pequeño industrial en el negocio de la reparación de calzado.
Cuando Reyes se enteró de la muerte del estricto padre de Berna, al llegar a su casa se lo comunicó de inmediato a Berna. Por la noche, acompañada de Flavia, se presentó al velorio y al ver a su madre, frente a ella, hincándose, le pidió su perdón. La madre, levantándola, le dijo que ella era la que debería pedirle perdón, un perdón que siempre quiso ofrecerle desde que supo que vivía en el barrio. Un perdón por no tener el suficiente valor para oponerse al iracundo padre y que por ello, la había abandonado a su suerte. En un largo abrazo con plenitud de lágrimas de ambas mujeres, se llevó a cabo la reconciliación después de una prolongada separación de toda la vida.
Una semana después del término de los rosarios y la misa a los nueve días celebrada por el eterno descanso del difunto padre, la madre, sola, dejó la vecindad y se fue a vivir al lado de Berna y sus nietos, en una nueva vivienda recién desocupada.
Para celebrar la reunión y su integración a la familia, Berna, con motivo del próximo cumpleaños de su madre, le organizaría una cena en que estuviera reunida toda la familia y para que supiera también por primera vez, lo que era vivir en feliz convivencia.
EL VIRÓN.
Reyes, muy cansado, a paso cansino, regresaba de trabajar; pero ya sin el acostumbrado puesto móvil; éste había pasado al olvido. Regresaba ahora del taller de reparación de calzado que Epi, su nieto, había montado años atrás con toda la maquinaria moderna existente, en un nuevo local ubicado en la calle de Corregidora. Su trabajo consistía ahora en la atención al público al recibir, dictaminar la reparación que necesitaban, evaluar su costo y entregar a los cuatro obreros que trabajaban en el taller la orden de trabajo. A su término, entregar y cobrar el trabajo ejecutado. Su nieto, aparte de administrar el negocio, se sentaba a reparar el calzado. Había heredado del abuelo el gusto por su oficio.
No entró a la pulquería, sino condujo sus pasos hacia el puesto de Flavia, mujer que no obstante de ser muy grande de edad, se mantenía derecha, erguida, fuerte y no teniendo ya la necesidad de trabajar, ella no dejaba de hacerlo. Al llegar, la saludó como siempre y ella lo recibió diciéndole:
--Qué bueno que llegaste temprano, no se te olvidó que hoy es el cumpleaños de la mamá de Berna y nos invitaron a cenar. Va a venir tu nieto Rey y su esposa; y ¿Epi chico, no viene contigo?
--Sí, al rato, fue por su novia…
--¿Cuál de todas?
-Con la que de seguro se casará… con la hija de la enfermera la amiga de Berna, la señora Aurelia, ella también vendrá…
--¿Ah, la señora flaquita? ¡Que bueno! Así estará toda la familia completa.
--Mientras llegan todos voy a la pulquería a echarme un pulque, no tardo, nada más me voy a tomar uno porque me he sentido mal, muy cansado, me ha dolido mucho el brazo izquierdo, lo siento dormido o a la mejor lo tengo desconchabado. Quiero ir a ver a Doña Estéfana a que me de una sobada… Bueno, horita regreso, ¡no!, mejor en cuanto esté todo listo, vas por mí.
Flavia levantó su puesto, entró a la vecindad acomodando todo su equipo en casa y al salir para ver a Berna, ella llegaba a su lado para informarle que ya estaba todo listo, sus nietos acababan de llegar y nada más faltaba Reyes. Como siempre, cuando llegaba ella primero a la casa, salió en busca de su esposo a la pulquería.
Sentado a la mesa que siempre ocupaba como su lugar favorito, recibió la catrina que Justino le sirvió. Antes de beber, sin explicárselo, pasó por su mente el recuerdo de su vida: Don Chinto,
Reyes murió en la pulquería "Juan sin Miedo", la que visitó todos los días de su vida, desde el primer día que se sentó en el puesto de Don Chinto hasta que expiró su último aliento, sentado en su banco y mesa favorita, deleitándose con su bebida favorita, el blanco néctar llamado pulque; bebida que en el mural tenía escrita su oración, la oración dedicada a todos los parroquianos asiduos a consumirla:
--Agua de las verdes matas,
Tú me tumbas
Tú me matas,
Tú me haces andar a gatas…
MAX VILLAREAL.
Marzo-abril, año 2000.