miércoles, 6 de enero de 2010

VARIACIONES EN LA SOLEDAD.


Por Max Villareal


La soledad, ese misterioso entorno que cuando somos jóvenes ni siquiera pensamos que pueda existir ni llegamos a darnos cuenta del gran poder que tiene sobre nuestra vida. La soledad, que llega a nuestro lado sin sentirla cuando van llegando los años, uno tras otro, sobre nuestras espaldas; sin permitirnos comprender que habrá cambios en nuestra vida porque siempre estamos pensando que somos los mismos, sin mirarnos en el espejo del pasado ni en el espejo del presente, que reflejan lo que fuimos, lo que somos y cómo vamos envejeciendo. Si, ese misterioso entorno que nos envuelve cuando ya somos viejos, ahora ancianos; cuando el ser querido se fue a otra dimensión, cuando los hijos ya formaron otra vida, la suya, cuando ya no hay nadie que nos haga compañía en nuestras alegrías –si es que existen-, en nuestros pesares, en nuestros dolores y más cuando llegamos a las enfermedades que nos limitan vivir tan siquiera con las mínimas facultades. Entonces, sí nos damos cuenta de su presencia.

La soledad no debe invadirnos. No debemos permitir que sea parte de nuestra vida. Todos los momentos de felicidad que vivimos y disfrutamos, deberán estar junto a uno; pero no como recuerdos, porque eso es como si los alejáramos de nuestro presente, sino debemos sentirlos como parte viviente, como si todavía el ser querido estuviera a nuestro lado. Es justo que durante cierto tiempo estuviéramos reclamándole a la vida el porqué no fue uno el que debería faltar. Uno que ya llegó al final del camino de la existencia y no el ser querido que desde su llegada a nuestro lado en plena juventud, entregó su vida al cuidado de la familia que formó. No, es claro que estemos en un justo derecho de reclamar; pero, por qué hacerlo, si sabíamos al llegar a este punto de la vida, que tarde o temprano la unión se terminaría de cualquier forma y la forma más real, era con la falta de uno mismo y no la de la compañera que irradiaba juventud y deseos de vivir, de llegar a esta etapa de su vida con la ilusión de conocer a su sangre, en la sangre de sus hijas, en la sangre que ellas rindieron, a conocer su propia sangre nuevamente en otras vidas: la de sus nietos, cuando llegaran a ser jóvenes. Entonces, porqué sentir tristeza, porqué extrañarla; al contrario, debemos darle gracias a la vida por el disfrute de ese amor que nos llegó, no recordándola, si no continuar sintiéndola viva a nuestro lado, a ella, que fue como un regalo de la vida misma para uno mismo. Entonces ya no existirá la soledad.

Así que, fuera la soledad. Ésta no debe existir ni en nuestro léxico y mucho menos en nuestra mente. A vivir en plena armonía y caminar con el sentimiento abierto para realizar el inicio de otro nuevo ciclo, con plena vivencia de la permanente compañía de ella en los últimos días de mi vida. De una vida sin soledad, de una vida a la que debo estar agradecido de todo lo que me ha dado y seguirá dando, si vemos la existencia como parte de muchos ciclos que se iniciaron y terminaron en el transcurso de la formación de la familia que ella creó, dando paso a la culminación de nuestro tiempo sin soledad, sin tristeza, sino en pleno goce de nuestras mermadas facultades, con el juicio y la razón adquiridos durante su compañía y con la entrega del gran amor que aún sea capaz de entregar. Así debo pensar y así debo vivir. Gracias, Chavita. Gracias por el amor que me entregaste. Gracias amor de toda mi vida.


Septiembre de 2007

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